8 de octubre de 2021
Un acuerdo internacional que nació de la Cumbre de Río en 1992, llamado la Convención de Biodiversidad (CBD), es la única instancia para darle un enfoque global a un tema complejo, que se relaciona con el cambio del uso del suelo. Se trata de que más de un millón de especies animales y vegetales que constituyen la red que sostiene toda la vida en el planeta Tierra, está en peligro de extinción. Al respecto, Marina Aizen, periodista y cofundadora de la Asociación Civil Periodistas por el Planeta, emitió una opinión sobre la alarmante situación de la que poco se habla.

La aparición de la pandemia de coronavirus demoró la adopción de un nuevo acuerdo para frenar el proceso de extinción para el 2030, el cual debería haber adoptado el año pasado en una reunión de partes en la ciudad china de Kunming. Mientras tanto, la cancillería argentina está siendo acusada por organizaciones de la sociedad civil de obstruir una negociación constructiva basada en la ciencia, en una sutil dinámica diplomática en la que juega con Brasil. Ambos países expandieron enormemente sus fronteras agrícolas por sobre sus territorios boscosos. Y esa es una sentencia a muerte de una enorme cantidad de especies.
Las negociaciones que se dan en el marco del sistema de las Naciones Unidas son por consenso. Es decir que un solo país es capaz de obstaculizar todo un proceso global. Ejemplificando, Brasil y Argentina exigen establecer una línea de base para medir la pérdida de biodiversidad desde la era preindustrial. Asimismo, no quieren validar las negociaciones ocurridas de manera online y demoran todo acuerdo a las instancias presenciales, conspirando contra la urgencia que el mismo tema impone.

Se trata de detener un proceso que algunos denominan como la sexta extinción masiva. Es un colapso de la vida en una escala que no sucedía desde que un meteorito hizo desaparecer a los dinosaurios, hace 65 millones de años. Para evitar la catástrofe, se están evaluando una serie de medidas para esta década. Se incluye el ordenamiento territorial de todo el mundo, la restauración de un 20% de ecosistemas degradados, la protección de al menos un 30% del planeta. También, el redireccionamiento de flujos financieros que destruyen la biodiversidad, que se reduzcan en dos tercios el uso de pesticidas, eliminar basura plástica, reducir la pérdida de nutrientes del suelo, detener en un 50% las especies invasoras, el financiamiento anual desde los países centrales del orden de un mínimo de 200 mil millones de dólares.
Sin un ecosistema robusto no nos podremos defender de los peores efectos del cambio climático, ni tampoco del avance de nuevos virus. Además, se espera que la conservación de ambientes logre capturar al menos 10 gigatoneladas de dióxido de carbono, que es el principal gas que retiene el calor del sol en la atmósfera y calienta el clima. Ambas crisis tienen los mismos factores propulsores: la destrucción sistemática de ambientes.