20 de diciembre de 2021
Por Alejandro Delgado Morales, periodista de la agencia de noticias Télam, docente y asesor en temáticas de comunicación estratégica. Especialista en política nacional.
Una mirada vacía y un formato corpóreo de endeblez total; un erecto militar detrás. Murmullo creciente y de pronto, un coro desafinado que decía ¡presidente! ¡presidente!
Amague de mano derecha al aire queriendo eludir la invitación, pero al fin, 14 pasos lo ubicaron frente a un ramillete de periodistas que necesitaban saber por qué sucedía lo que sucedía, quién dio órdenes para liberar fieras de las fuerzas de seguridad. Un buen día en tono bajo y entre las voces superpuestas, la de quien suscribe: «Presidente, están reprimiendo en la Plaza (de Mayo), hay muertos y heridos…»
Una pausa y una respuesta: «¿cómo? ¿dónde?«
La siguiente voz periodística no dejó pensar a lo que quedaba en pie del primer mandatario en medio de un Estado de Sitio sangriento: «¿Quién dio la orden?» y otra respuesta de otro mundo: «No puede ser…»
El hombre dio una vuelta y consultó al circunspecto militar que parecía entender y no entender. El Edecán hizo un llamado, le dijo algo en el oído y entonces, Fernando de la Rúa pidió disculpas entre dientes y siguió camino hacia su despacho de la Casa Rosada.

Era el principio del fin, sensación de partido en tiempo de descuento, un momento histórico; una experiencia periodística imborrable.
Torrente de rumores, incertidumbre y temores dominaban la sede del gobierno nacional: Vértigo, vacío, sensaciones inéditas e inexplicables.
Se especulaba con la renuncia presidencial, se veía venir, el aroma a renuncia era sostenido. Y así, con el correr del tiempo a máxima velocidad, no tardaron los canales de televisión y medios argentinos en general a competir por quién iba un poco más lejos. El «renunció De la Rúa» salió a la luz mucho antes de que efectivamente se hubiese producido. La carrera por tener una primicia era y es casi que de manual. No importaba entonces y tampoco ahora si se comunica con irresponsabilidad.
La imagen de De la Rúa perdido era un precipitado final de ciclo. Habían desfilado al paso del tiempo Carlos «chacho» Alvarez, José Luis Machinea, Domingo Cavallo, Ricardo López Murphy (sí, el mismo personaje de la actualidad), Rodolfo Terragno, Chrystian Colombo, Patricia Bullrich (sí, sí, la misma inescrupulosa), Graciela Fernández Meijide, Hernán Lombardi (siiii, el mismísimo) y Darío Lopérfido (no hace falta describirlo), entre otros fracasados.
El país en profunda crisis sin frenos hacia un acantilado: Desgobierno, profunda crisis económica y social: recesión, endeudamiento, detonación de la moneda, desocupación y crecimiento del empleo informal. Convertibilidad, corralito y siguen las firmas. Saqueos, protestas por doquier… Argentina al garete.
La Casa Rosada era un submundo durante esa tarde. Ya no estaba el whisky importado que al caer el día solía ingresar hasta el despacho presidencial en bolsas de freeshop transportadas por el ministro de Salud Héctor Lombardo.
Los hijos y a la vez consejeros presidenciales se habían quedado sin stock de ideas. De la Rúa llamaba por teléfono a medio mundo de la política y el poder en tono de socorro. Siguió una breve y penosa cadena nacional y luego, la firma de su renuncia y la partida en helicóptero.
La renuncia
Unos quince minutos antes de las 20, Nicolás Gallo, entonces Secretario General del Ejecutivo, salió del sector presidencial con un papel en las manos y un gesto tan adusto como elocuente. La primera persona con la que se topó fue con este periodista quien con adrenalina a tope y la certeza de tener que ser cuidadoso le dijo: «¿No puede continuar…?» La respuesta fue inmediata: «Renunció».
Acto seguido, Gallo dijo «estoy yendo a la sala de periodistas a llevar copia de la renuncia» y quien suscribe no dudó en pedirle si le permitía leerla. El fiel acompañante delarruista accedió y entonces, la tremenda información oficial voló de inmediato hacia la agencia France Presse y se constituyó en primicia internacional y un cálido reconocimiento profesional.
El helicóptero
«¿Se está yendo?» fue la pregunta a un hombre de la Casa Rosada de esos que sabían todo.
«Sí, está listo el helicóptero en la terraza», respondió.
Este escriba con sus 41 años de 2001, salió disparado en búsqueda de la indispensable escalera que le permitiese llegar a De la Rúa antes de que se fuese. Llegó a un oscuro conglomerado de escalones, subió a la carrera pero… Apenas pudo ver la panza del helicóptero elevarse. Se iba el presidente y la imagen histórica quedó tatuada en esta cabeza que ya peinaba canas en ese momento.
Una mirada, un profundo recuerdo, un tiempo con precarios celulares (sin cámaras), sin whatsapp, sin el fervor de las redes sociales. Un desafío periodístico y, a la vez y sobre todo, un momento triste para la Argentina: Se cumplen 20 años y para no pocos, parece que fue ayer.
(*) Fragmento de la carta de renuncia: