20 de noviembre de 2025
El caso que el Estado dejó avanzar hasta el horror: un trabajador desaparecido, un femicida en fuga y un cuerpo hallado en pedazos en el corazón del país.
La historia, que durante semanas se sostuvo apenas con la incertidumbre espesa de una familia que buscaba respuestas donde el Estado sólo ofrecía silencio, cambió de golpe la tarde del 30 de octubre, cuando un llamado anónimo -sin nombre, sin titubeos, sin intención de explicar por qué sabía lo que sabía- condujo a los investigadores hacia un punto perdido de la Ruta 15, un sitio donde la llanura se abre como una herida y donde uno sabe, incluso antes de llegar, que lo que está a punto de encontrar no pertenece al orden de lo soportable, porque allí, entre yuyos altos y un viento caliente que parecía retener el aliento, descansaban un cráneo y un brazo humanos, acomodados en el descampado con una quietud tan cruel que hacía pensar que alguien no sólo había querido ocultar un crimen, sino que había querido que el horror se encontrara de esa forma, sin mediaciones ni explicaciones, como un mensaje dirigido directamente a quienes investigan.
El viaje que empezó como un trabajo más y terminó siendo una trampa minuciosamente tejida
A Martín Sebastián Palacio lo vieron por última vez el 7 de octubre, esperando en la terminal de ómnibus de Concordia, quizá con esa mezcla de rutina y cansancio que atraviesa a los trabajadores que viven cada día sabiendo que lo que ganan depende de aceptar viajes que no siempre convienen, y sin saber que esa tarde, cuando Pablo Laurta -el mismo que semanas después sería señalado por los femicidios de Luna Giardina y su madre- lo saludó como si ya existiera un vínculo previo, ofreció 1,5 millones de pesos por el traslado, colocó un bolso oscuro en el baúl y subió al asiento trasero con una tranquilidad que ahora resulta insoportable de recordar, estaba empezando un recorrido que ningún GPS habría autorizado y que transformaría un trabajo cotidiano en una sentencia de muerte ejecutada con precisión siniestra a lo largo de la ruta.

El desvío hacia ninguna parte y el crimen en movimiento que se escribió kilómetro por kilómetro
El recorrido del Toyota Corolla -que las cámaras registraron al principio como un tránsito normal, pero que después se volvió una sucesión de desvíos, retrocesos y caminos secundarios que no llevan a ningún destino lógico- se convirtió en el relato mudo de un crimen que fue gestándose mientras el paisaje cambiaba, porque el auto avanzó hacia el sur, tomó la ruta 22, giró hacia Federal, regresó a la autovía 14, y luego, en Estancia Grande, abandonó definitivamente el asfalto para meterse en un camino de ripio donde la señal del teléfono desaparece, donde los árboles bloquean la vista del cielo, donde cualquier pedido de ayuda se pierde en la nada, y donde, según los investigadores, Laurta asesinó a Palacio con una frialdad que estremece incluso en el papel, dejó parte del cuerpo en Estación Yeruá, y siguió conduciendo solo, como si la muerte fuera apenas un obstáculo que se esquiva para llegar al próximo destino.
Córdoba: el fuego que quiso borrar lo ocurrido y el cuerpo sin cabeza que completó el mapa del espanto
Días después, cuando el auto apareció incendiado en Córdoba, reducido a un esqueleto ennegrecido que parecía gritar a través del humo que alguien había querido borrar el rastro incluso antes de que hubiera una denuncia formal, los equipos de búsqueda que rastreaban la zona encontraron, gracias a drones y personal en tierra, un cuerpo desmembrado, sin cabeza y sin brazos, acomodado en un espacio donde el paisaje rural se mezclaba con la sombra de lo que ya todos temían: que Martín jamás regresaría; pero aun así faltaban piezas, faltaba identidad, faltaba ese fragmento mínimo de certeza que sólo el ADN puede otorgar, certeza que llegó recién cuando el cráneo y el brazo hallados en Rosario del Tala confirmaron que todo lo que se temía -todo lo que se intuía, todo lo que se callaba- era verdad.

La hermana que hizo sola lo que las instituciones tardaron demasiado en hacer
Cuando Martín dejó de responder mensajes y llamadas, su hermana hizo lo que hacen quienes aman: tomó un colectivo, llegó a Concordia, entró a la Jefatura Departamental, golpeó puertas, pidió cámaras, señaló recorridos, suplicó que lo buscaran sin demora, moviéndose con una determinación que debería haber sido acompañada por el Estado y que, sin embargo, durante los primeros días no encontró más que burocracia, demoras, protocolos que se activan tarde, excusas que se repiten siempre igual, hasta que los femicidios cometidos por Laurta volvieron urgente lo que ya era urgente desde el primer minuto: la desaparición de un trabajador obligado a aceptar un viaje que, de haber existido un sistema de protección sólido, nunca hubiera sido un riesgo mortal.
La captura que reveló lo inevitable y las pertenencias que hablaron antes que el ADN
La caída de Laurta ocurrió en un hotel de Gualeguaychú, donde la policía lo encontró junto al hijo de Luna Giardina -un niño de cinco años que cargaba, sin comprenderlo, la sombra de una tragedia que le arrancó a su madre y su abuela- y donde, entre ropa tirada, restos de comida, mochilas abiertas y el olor rancio del encierro, aparecieron pertenencias de Martín Palacio, objetos que no deberían haber estado ahí, objetos que hablaban incluso antes de que lo hicieran los peritos, objetos que decían lo que nadie quería escuchar: que el remisero también era víctima del femicida que venía dejando un rastro de muerte desde el primer kilómetro.

Las preguntas que el Estado todavía no puede -o no quiere- responder
La confirmación de los restos no cierra nada; por el contrario, abre un abanico de preguntas que se vuelven más pesadas a medida que avanza la investigación y que golpean con una violencia que también debería incomodar a quienes gobiernan, porque ¿quién hizo el llamado anónimo?, ¿cuándo decidió Laurta matar a Palacio?, ¿por qué nadie intervino pese a los antecedentes del femicida?, ¿cuántos controles fallaron mientras un trabajador era desaparecido en partes?, ¿y por qué, una vez más, el Estado reaccionó después de los crímenes y no antes?.
Martín Palacio salió a trabajar. Regresó en pedazos. Y el país, que ya debería haber aprendido a proteger a quienes viven de la ruta, sigue sin dar explicaciones.
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