21 de noviembre de 2025
La caída de ventas y la avalancha importadora forzaron a Georgalos a suspender a más de 600 operarios en Victoria, desatando protestas y un conflicto que vuelve a exponer la crisis industrial.
La escena es sencilla y brutal: una planta alimenticia con historia, un mercado interno desplomado, góndolas invadidas por productos extranjeros más baratos que cualquier costo local, una fila de operarios con incertidumbre entre los dedos y un anuncio empresarial que funciona como sentencia económica y política al mismo tiempo. Georgalos, la dueña del Mantecol, acaba de hacer lo impensado: frenó parte de su producción y suspendió a toda su planta de Victoria por tres meses, en un movimiento que expone, sin eufemismos, el deterioro industrial que ya se siente en los cordones bonaerenses.
La medida alcanza a más de 600 trabajadores, que pasarán por ciclos rotativos de suspensión de 15 días, cobrando entre el 75% y el 80% de su salario. La empresa promete no despedir. El gremio no cree en las promesas.
:quality(75):max_bytes(102400)/https://assets.iprofesional.com/assets/jpg/2022/10/544209.jpg)
La explicación oficial de Georgalos llegó envuelta en tecnicismos: "temporada baja", "caída de ventas", "ajustes operativos". Pero puertas adentro de la fábrica nadie repite esas palabras sin que se les escape la bronca. Porque los propios delegados lo dicen sin rodeos: la importación de productos brasileños está devorando la producción local. Bombones, golosinas, barras, galletitas: el supermercado argentino está lleno de etiquetas que cruzaron la frontera por dos mangos.
La empresa admite otra parte del drama: no hay consumo interno, no hay recuperación, no hay ventas que sostengan el ritmo de trabajo de una planta que, hasta hace pocos años, funcionaba a todo vapor. El esquema de suspensiones está trazado en forma precisa: grupos de 80 operarios por turno, ciclos de 15 días, salarios recortados pero no eliminados. Una especie de respiración asistida industrial. Y una promesa que nadie sabe si podrá cumplirse en tres meses: "no habrá despidos".

La Comisión Interna no tardó en responder. Al mediodía, los trabajadores se congregaron frente a la entrada de la planta como si la calle fuera un eco amplificado de su angustia. Carteles, parlantes, bombos, gritos: "suspensiones indiscriminadas", "ataque a nuestros derechos", "600 familias en riesgo".
El gremio denuncia que, con esta decisión, la empresa está aplicando un ajuste encubierto en cuotas. Los trabajadores dicen que la dirección busca ganar tiempo para un golpe mayor. La fábrica habla de supervivencia económica. Entre ambas versiones, la realidad es la misma: la mitad del salario se pierde, y la mitad de la vida también.
La crisis de Georgalos no es nueva, pero tomó un giro político desde julio, cuando los despedidos comenzaron a reunirse con Máximo Kirchner, Wado de Pedro y Sergio Palazzo, en busca de apoyo para la reincorporación. La postal se repitió esta semana: foto grupal, carteles de protesta, discursos encendidos y críticas directas al modelo económico del mileísmo.
Máximo apuntó a dos lados a la vez: al Gobierno nacional, por destruir empleo; y a Axel Kicillof, por no actuar con fuerza desde el Ministerio de Trabajo provincial. La interna peronista encontró en esta fábrica un nuevo escenario. Los despedidos lo sintetizaron de forma más cruda: "la empresa hizo lo que quiso y el Ministerio lo dejó pasar". Los trabajadores exigen que la Provincia declare ilegales los despidos previos y sancione a la empresa. Hasta ahora sólo hubo promesas. Mientras tanto, la planta sigue semivacía
:quality(75):max_bytes(102400)/https://assets.iprofesional.com/assets/jpg/2025/06/597755.jpg)
Lo que ocurre en Georgalos no es un caso aislado. Es un síntoma. Las empresas alimenticias vienen sufriendo una tormenta perfecta:
desplome del consumo interno,
aumento de importaciones baratas,
costos que crecen más rápido que los precios autorizados,
recortes laborales en cadena,
y un Estado que oscila entre la desregulación liberal y la parálisis burocrática.
En ese contexto, lo de Georgalos es más que una suspensión: es un aviso de lo que puede venir en otros rubros si la recesión sigue profundizándose. El país ya vivió esas escenas y sabe cómo terminan: plantas que suspenden, planta que ajusta, planta que cierra. La pregunta de fondo es simple y brutal: ¿Cuánto tiempo puede resistir una empresa sin vender, un trabajador sin cobrar y una industria sin protección?.
Comentarios
0Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales.
Iniciá sesión para dejar tu comentario
Iniciar sesiónCargando comentarios...
Denunciar comentario