21 de noviembre de 2025
El avance explosivo de Temu y Shein, que ya controlan más del 60% de las compras internacionales y crecieron 200% en Argentina, golpeó de lleno a Mercado Libre: cayeron sus acciones, se desplomó 30% su paquetería y Galperín terminó pidiendo reglas para frenar la ofensiva china.
por
Melina Schweizer
Hubo un tiempo -que ahora parece una antigüedad mitológica, aunque en realidad fueron apenas unos años- en que mencionar a Mercado Libre era repetir una especie de mantra regional sobre el éxito, el orgullo emprendedor y la demostración de que en América Latina también podían fabricarse gigantes capaces de codearse con Amazon sin pedir permiso, sin temblar y sin inclinar la cabeza. Ese relato sobrevivió a presidentes, crisis, grietas, pandemias, golpes de mercado, renegociaciones, corridas, fake news y a cuanto terremoto político los argentinos saben producir como si fuera un deporte olímpico. Sobrevivió porque tenía un componente sentimental: la idea de que uno de los nuestros había logrado salir de la mediocridad latinoamericana para jugar en la Champions del capitalismo global.

Lo primero fue la noticia en Wall Street: la acción de Mercado Libre se desplomó más de un 7%, una magnitud lo suficientemente grande como para que los traders levantaran la mirada de la pantalla, lo suficientemente simbólica como para que los analistas encendieran las alertas, y lo suficientemente cruel como para que la narrativa de "invencibilidad" empezara a sonar a cuento viejo contado por consultoras motivacionales.
El desplome llegó como consecuencia de algo peor: la empresa presentó ante la SEC un pedido para ampliar su oferta de acciones, bonos y activos.
En palabras simples: Mercadolibre salió a buscar plata. Y cuando una empresa que siempre nadó en rentabilidad sale a buscar plata, los inversores escuchan un eco inequívoco: necesidad.
Citi tomó ese eco, lo amplificó y lo transformó en sentencia:
bajó su precio objetivo de u$s 2700 a u$s 2500,
emitió un raro rating negativo a 90 días,
alertó sobre presión en márgenes,
y señaló la competencia china como un problema de verdad, no como ruido.
Después vino Research for Traders, que ajustó su propio precio objetivo, y Guardian Capital, que habló del "contexto macro desafiante" y del "aumento de inversiones logísticas que tensionan la rentabilidad". Ese día, el mercado dejó un mensaje escrito con tinta indeleble: Mercado Libre ya no es un refugio: es un riesgo.

El segundo capítulo de esta historia se escribió del otro lado del mundo, donde el capitalismo planificado de Beijing financia plataformas capaces de vender un vestido por US$ 2, producirlo en masa, enviarlo por barco, entregarlo en 8 días y lograr que el consumidor argentino sienta que pagar el triple por un producto nacional es un acto de estupidez y no de patriotismo.
Temu, Shein y AliExpress no compiten: conquistan.
En Argentina:
crecieron 200% en un mes,
se quedaron con más del 60% del segmento courier,
aprovecharon una aduana abierta,
una moneda débil,
sueldos derrumbados,
y un presidente orgulloso de haber eliminado aranceles como quien abre una canilla y se sorprende porque sale agua.
El resultado fue quirúrgico: Miles de paquetes chinos reemplazando miles de paquetes de Mercado Libre. Una economía doméstica donde cada consumidor hace su propio ajuste, votando al precio más bajo sin preguntarse por qué demonios una remera cuesta menos que un alfajor. El bolsillo argentino es una máquina de antropología aplicada: si duele menos, gana.

Si esta fuera una novela, este capítulo sería el clímax: Marcos Galperín pidiendo regulación. Juan Martín de la Serna lo dijo con una claridad que rozó la desesperación:
"Ellos no pagan lo que pagamos nosotros."
"Así no se puede competir."
"Necesitamos regulación."
"Esto destruye el trabajo argentino."
El CEO de Mercado Libre pidiendo al Estado que ponga orden. El mérito convertido en súplica. La bandera del libre mercado flameando a media asta. Galperín, más astuto, no lo negó. Dijo que "van a competir", pero enseguida agregó algo que nunca habíamos escuchado de su boca:
"Los chinos dan miedo."
"Son implacables."
"Tienen el apoyo de su gobierno."
"Trabajan 24/7/365."
En lenguaje político involuntario: un libertario admitiendo que el Estado chino es más eficiente que cualquier iniciativa privada latinoamericana.

Si el capitalismo fuera una canción, este sería el estribillo desafinado: la desregulación extrema puede ser tan destructiva como el proteccionismo extremo.
En diciembre de 2024, Milei eliminó aranceles a envíos de hasta U$S 400, amplió cupos, alivió la burocracia, relajó controles y transformó la frontera argentina en una autopista sin peaje para la importación china.
Mientras tanto, en el planeta Tierra:
México subió impuestos,
Brasil eliminó exenciones,
Chile aplicó 19% de IVA,
Ecuador cobró un adicional fijo,
EE.UU eliminó beneficios,
Europa evalúa tasas extra,
Francia impulsa leyes contra la moda ultrarrápida.

El golpe más profundo no fue ideológico ni bursátil: fue operativo.
La caída del 30% en el volumen de paquetería dejó a los centros logísticos de Mercado Libre con ritmo de domingo a la tarde, a los transportistas con menos rutas, a los vendedores con menos ventas y al algoritmo con menos sangre para bombear.
Mercado Libre no es una plataforma: es una fábrica de movimiento. Sin movimiento, no hay negocio. Sin negocio, no hay narrativa. Sin narrativa, no hay mito.

Cuando el gigante sangra, la política huele oportunidades. Pichetto propuso un arancel del 30%. Pro Tejer quiere 50%. Algunos piden igualdad tributaria. Otros piden desgravar al industrial local. Y todos quieren dejar anotado en actas que fueron ellos los primeros en advertir que el tsunami chino necesitaba un dique.
Pero el detalle más jugoso es este: el Congreso ahora defiende a Mercado Libre con más fervor que Mercado Libre defendió al Congreso cuando pedía desregulación. La política es una rueda que gira y aplasta lo que un día idolatró.
Sí, Mercado Libre proyecta:
+35% de ingresos,
+27% el año siguiente,
saltos en rentabilidad operativa,
expansión en fintech,
avances logísticos,
crecimientos regionales.
Pero el mercado no invierte en números sueltos. Invierte en climas, en hábitos, en tendencias. Y la tendencia es esta: por primera vez, Mercado Libre ya no controla el tablero. Ni su acción. Ni su logística. Ni su competencia. Ni su narrativa.
¿Puede Mercadolibre competir contra plataformas subsidiadas por un Estado poderoso, disciplinado, tecnológico y estratégico?. ¿Puede resistir precios que desafían la lógica económica?. ¿Puede sobrevivir con márgenes cada vez más tensos?. ¿Puede ganar cuando el consumidor argentino -empobrecido, exprimido, agotado- elige siempre el precio más bajo?. ¿Puede sostener liderazgo cuando el presidente argentino abrió la puerta para que sus principales competidores desembarquen como si el país fuera una zona franca asiática?.
Y la más incómoda: ¿puede sobrevivir un proyecto libertario cuando los libertarios no entienden que China no practica capitalismo, sino expansión geopolítica?. Porque la paradoja final es brillante, amarga, perfecta: el defensor de la libre competencia ahora necesita al Estado y el presidente que odia al Estado fue el que dejó entrar el temblor. El mercado no lee ideología. Lee señales. Y la señal de este año es clara: Mercadolibre ya no corre solo, corre perseguido. Corre mirando para atrás. Corre como nunca imaginó correr.
Comentarios
0Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales.
Iniciá sesión para dejar tu comentario
Iniciar sesiónCargando comentarios...
Denunciar comentario