18 de diciembre de 2025
Puertas adentro, la autoridad monetaria estudia ajustes metodológicos para que el deterioro del crédito no impacte de lleno en los indicadores. Con atrasos en máximos en el segmento minorista y balances más ajustados, el trasfondo es una economía que aprieta y un margen cada vez menor para sostener la confianza.
Un cambio silencioso que apunta al termómetro de la mora
El Banco Central empezó a evaluar una modificación en la forma en la que se cuantifica la irregularidad del sistema financiero. La lectura que circula entre actores del mercado es directa: cuando los números empiezan a incomodar, aparece la tentación de ajustar el método para que el indicador duela menos.
En esa lógica, el debate metodológico se conecta con otros movimientos recientes que también despertaron sospechas en el plano estadístico. Marco Lavagna quedó en el centro de críticas por decisiones vinculadas a cómo se comunican los datos: la discusión por la medición de la actividad para evitar el rótulo de recesión y la falta de actualización de la canasta de inflación para que el IPC no suba por encima del 2,5% de noviembre.
El disparador es un número que se volvió difícil de disimular: la morosidad total del sistema financiero argentino ya ronda el 7%. Detrás de ese promedio hay un quiebre claro según el tipo de deudor.
De acuerdo con un informe de Curat, Martínez Larrea & Asociados (CML&A) en base a datos oficiales, la mora en préstamos a personas físicas trepó al 10,1% de la cartera, el registro más alto de la última década. En cambio, en el crédito a empresas la irregularidad bajó a 5,6%.

El avance de la mora ya se refleja en los estados contables. En el mercado señalan a Galicia como el más expuesto, pero el resto tampoco queda al margen: Santander, BBVA y Supervielle mostraron balances atravesados por una misma dinámica, con márgenes tensionados, provisiones en alza y ganancias que se achican.
En ese clima, un banquero resumió el límite del maquillaje con una frase que circula en el sector: "Podés cambiar cómo medís la mora, pero no podés cambiar que la gente no llega a fin de mes". Y amplió: "cuando la mora sube, los balances se tensan, el maquillaje estadístico tiene patas cortas. Con la morosidad en máximos, los balances hundidos y las reservas en rojo, la pregunta es hasta dónde pueden estirarse".
El volumen de mora enciende alertas por su potencial efecto dominó. La historia argentina muestra que cuando un modelo se apoya demasiado en financiamiento externo, el riesgo de una crisis de deuda puede transmitirse al sistema financiero.
En ese escenario, ordenar expectativas aparece como una necesidad. Porque ante el menor ruido, los depósitos buscan salida. El problema técnico es conocido: una porción relevante de esos fondos no está disponible en forma líquida.
A eso se suma el telón de fondo de las reservas negativas. Según cálculos de LCG basados en la metodología del FMI, el rojo llegaría a USD 17.900 millones. En términos simples, la interpretación es que se usaron depósitos para sostener el esquema. Martín Redrado, desde la Fundación Capital, ya advirtió sobre un descalce de monedas que tarde o temprano pasa factura.

Hoy la morosidad se calcula como el ratio de cartera improductiva sobre cartera bruta: los créditos en atraso sobre el total de préstamos. El BCRA clasifica a los deudores por severidad del atraso (de 31 a 90 días o más de 90), con el objetivo de medir la calidad de los activos y la salud del sistema.
El cambio en análisis -según la lectura que se hace en el sector- buscaría suavizar ese indicador. En el fondo, sería un retoque metodológico que recuerda otras decisiones discutidas: la revisión de métricas para esquivar la palabra recesión o la demora en actualizar la canasta del IPC. Para quienes miran con desconfianza, es el dibujo contable como herramienta para ganar tiempo.
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