2 de enero de 2026
En pleno auge del endeudamiento corporativo que alimenta el esquema cambiario, Citrícola San Miguel quedó contra las cuerdas y abrió conversaciones con acreedores para reperfilar vencimientos y bajar la tasa. El caso expone cómo el "dólar barato" incentivó emisiones en moneda dura y deja una señal de alerta para el modelo financiero que busca sostener reservas con financiamiento privado.
Martín Otero Monsegur y una señal incómoda para el mercado
Martín Otero Monsegur, empresario tucumano con fuerte exposición política, atraviesa su momento más delicado al frente de Citrícola San Miguel, la mayor compañía productora de cítricos del país. La empresa, que en los últimos meses se había mostrado alineada con el rumbo económico, quedó ahora en la mira por la imposibilidad de cumplir con compromisos en moneda extranjera.
En mayo, Otero Monsegur celebraba un cambio de época en términos de negocio y expectativas: "con el cambio económico, pasamos de jugar a la defensiva a jugar a la ofensiva". Pero poco después, la realidad financiera se impuso en el directorio.
Como ocurrió con otros grandes jugadores, la firma aprovechó el contexto para tomar deuda en dólares. Con el correr de los meses, ese apalancamiento se volvió una carga: Otero Monsegur debió plantear a los accionistas la necesidad de un aporte extraordinario de USD 15 millones para cubrir un vencimiento que la compañía no alcanzaba a afrontar.
El auxilio funcionó como un parche. Según el planteo que circuló en el mercado, la empresa acumuló compromisos por alrededor de USD 250 millones bajo la gestión actual. Y el punto de quiebre llegó: la semana pasada, la compañía admitió ante acreedores que no estaba en condiciones de cumplir con el cronograma original.
La negociación incluye las obligaciones negociables de las series X, XI y XII por hasta USD 120 millones, que serían reemplazadas por una nueva emisión: ON serie XIII, con dos alternativas.
La propuesta contempla una opción Clase A (en pesos) o Clase B (en dólares), con una tasa menor (del 8% frente al 9,5% anual) y un vencimiento extendido a 42 meses desde la emisión. En paralelo, el planteo suma el pedido de estirar pagos por varios años y renegociar condiciones que la empresa había aceptado cuando salió a buscar financiamiento.

Mientras ajusta su caja local, San Miguel profundizó inversiones fuera del país. En Paysandú, por ejemplo, se inauguró una planta de procesamiento con una inversión estimada en USD 33 millones. También se avanzó con instalaciones en el puerto de Coega y con la expansión productiva en Sudáfrica y Uruguay, elevando la capacidad de molienda en un 60% hasta superar las 470.000 toneladas anuales.
Esa combinación alimentó cuestionamientos dentro del propio ecosistema empresario. Un proveedor tucumano lo resumió con una frase directa: "Se endeuda acá pero invierte afuera".
El cuadro no se explica por falta de actividad. En términos operativos, la compañía muestra margen bruto positivo por encima de USD 18 millones y sostiene una posición relevante: controla cerca del 14% del procesamiento global de limón.
La fisura aparece en otra línea del balance. Para el ejercicio acumulado a 2025, se informó un déficit financiero de USD 15,6 millones, que es el que vuelve más difícil sostener el servicio de deuda bajo el esquema pactado.
El caso San Miguel no se lee como un episodio aislado. Queda inscripto en un fenómeno mayor: el crecimiento de la deuda privada como fuente de "dólares frescos" que ayudan a sostener el esquema macro y a contener presiones sobre el tipo de cambio.
Por eso, en el mercado lo miran como un posible síntoma adelantado: si una empresa grande, exportadora y con presencia internacional entra en tensión, la pregunta inevitable es cuántas otras compañías podrían enfrentar el mismo cuello de botella cuando los vencimientos empiecen a concentrarse.
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