7 de enero de 2026
El epicentro del rechazo fue Europa, con líderes del bloque, de países nórdicos y de la propia Dinamarca y Groenlandia alineados en un frente común para defender la soberanía del territorio ártico ante lo que consideran una intromisión flagrante en los principios del derecho internacional.
La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, no usó eufemismos: la idea de que Estados Unidos pretenda controlar un territorio de un aliado histórico no solo es insólita, sino que "si EE.UU. atacara otro país de la OTAN, todo se detendría, incluida la alianza", advirtió en tono severo.
Por su parte, Jens-Frederik Nielsen, primer ministro de Groenlandia, subrayó que su país no es un "objeto de retórica" y que la soberanía de la isla -su hogar y su futuro- no puede decidirse en tuits o fantasías de poder. "Estamos abiertos al diálogo, pero con respeto a la legalidad internacional", escribió en redes, calificando las insinuaciones de Trump como "completamente y absolutamente inaceptables"
Ese rechazo no quedó en declaraciones aisladas. El European Union -representado por su presidente del Consejo, Antonio Costa- reafirmó que "Groenlandia pertenece a su pueblo" y que cualquier decisión sobre su futuro debe corresponder exclusivamente a Groenlandia y a Dinamarca. Además, una serie de jefes de Estado y de gobierno europeos -incluidos líderes de Keir Starmer, Emmanuel Macron y otros aliados de la OTAN- emitieron comunicados conjuntos enfatizando la soberanía, la integridad territorial y la inviolabilidad de fronteras como pilares no negociables.
Groenlandia -una región semiautónoma dentro del Reino de Dinamarca con recursos naturales estratégicos y una posición geoestratégica en el Ártico- se convirtió en un flashpoint entre el equilibrio diplomático tradicional y una retórica estadounidense que varios aliados interpretan como violación del orden multilateral establecido tras la Segunda Guerra Mundial.
La discusión va más allá del territorio. Es un choque sobre qué significan la soberanía, la alianza y el respeto mutuo en un momento en que las tensiones geopolíticas -con Rusia y China como telón de fondo- vuelven a tensar los vínculos atlánticos.
La diplomacia europea no solo habló de palabras. Varios gobiernos han afirmado que no aceptarán ninguna solución que pase por la presión unilateral sobre Dinamarca ni por intentos de alterar la arquitectura de seguridad colectiva, incluso si Washington deja la opción militar sobre la mesa.
Por consiguiente, la respuesta del bloque occidental a la reactivación del interés estadounidense por Groenlandia fue tajante y unificada: la soberanía no se negocia, y mucho menos bajo el pretexto de seguridad nacional cuando eso implica socavar la alianza y el derecho internacional.
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