7 de enero de 2026
por
Melina Schweizer
La Argentina cerró 2025 como suele cerrar cuando no resuelve nada: con números duros, emociones blandas y una grieta que ya no es ideológica sino perceptiva. El último Monitor de Humor Social y Político de D'Alessio IROL / Berensztein confirma lo evidente y lo incómodo: no vivimos en el mismo país, aunque paguemos los mismos impuestos.
El dato de arranque es brutal y estable, como la inflación emocional: 57% cree que el país está peor que el año pasado. No hay sobresalto, hay meseta. La decepción dejó de ser reacción y pasó a ser estado.

Que el 57% de la población considere que el país está peor que el año pasado no sorprende a nadie, pero ahí está justamente el punto. El dato no genera impacto porque se repite, porque se volvió paisaje, porque el malestar dejó de ser noticia y pasó a ser clima. Cuando eso ocurre, la política deja de ofrecer salidas y empieza a administrar resignación. No hay estallido emocional, hay cansancio sostenido. No hay enojo activo, hay fatiga social, esa sensación de estar siempre mal pero sin energía para indignarse.
Al mismo tiempo, un 41% afirma que el país está mejor, y ahí aparece la verdadera radiografía del momento: la economía dejó de ser una experiencia compartida y pasó a ser un relato identitario. Si votaste al Gobierno, el ajuste es ordenamiento, cirugía necesaria, dolor que cura. Si no lo votaste, es castigo, destrucción y retroceso. El changuito del supermercado pesa distinto según a quién le diste el voto. No hay indicadores comunes, hay pertenencias. País de boludos, pero coherente con la lógica de la grieta: cada cual mide con su propia regla y después discute como si hablara de lo mismo.

Las expectativas para 2026 no traen alivio ni catástrofe, traen algo mucho más argentino: empate emocional. El 46% cree que la economía va a mejorar, el 50% que va a empeorar. No hay mayoría clara, no hay horizonte compartido, hay espera defensiva. Ese "aguantemos un poco más" que funciona como política no escrita desde hace décadas. No es optimismo, no es pesimismo: es suspensión, el limbo cómodo para los gobiernos y devastador para cualquier proyecto de largo plazo. Mientras no explote, se sigue. Mientras no mejore, también.
En ese contexto, el gobierno de Javier Milei cierra el año con un dato quirúrgico: 53% de evaluación negativa y 46% positiva. No se desploma, pero tampoco despega. Retiene a los propios, pierde a los ajenos, gobierna con núcleo duro y país prestado. Milei no amplía consensos, reafirma creencias previas. No convence al que duda, le habla al que ya cree. Es liderazgo de hinchada, no de mayoría. Mucha épica adentro, poco puente hacia afuera. Resistir no es conducir, pero alcanza para seguir, al menos por ahora.
La inseguridad, con 66%, aparece como la principal preocupación, seguida por la incertidumbre económica y la falta de propuestas de crecimiento. Acá parecería haber consenso, pero es un consenso tramposo. Todos tienen miedo, pero nadie acuerda por qué. Para algunos es herencia, para otros consecuencia del presente, para casi nadie un problema estructural que exige políticas complejas, tiempo y acuerdos que hoy no existen. El miedo funciona como comodín discursivo: sirve para justificar mano dura, recorte de derechos, inacción o épica libertaria, según quién lo use. El problema es real, la solución es siempre ajena.

La encuesta se vuelve realmente grave cuando muestra que no solo hay grieta, sino agendas incompatibles. Los votantes de La Libertad Avanza priorizan inseguridad, corrupción y drogas. Los votantes del peronismo priorizan ajuste, economía y crecimiento. No discuten soluciones distintas para un mismo problema: discuten problemas distintos. Es como sentarse a negociar sin ponerse de acuerdo si el tema es incendio o inundación, y después sorprenderse porque no hay acuerdos. Esto ya no es polarización ideológica, es incomunicación estructural.
El capítulo de imágenes políticas termina de cerrar el cuadro: ningún dirigente logra imagen neta positiva. Nadie enamora, nadie convoca mayorías emocionales. Y aun así, lideran Bullrich, Milei y Santilli. Ganan por descarte, no por entusiasmo. La política argentina entró en su fase más honesta: no promete felicidad, administra daño. No se elige al mejor, se tolera al menos peor, con la esperanza de que no rompa todo.
Incluso la percepción de un diciembre "más tranquilo" aparece atravesada por la identidad política. Para una parte del electorado, fue calma porque "los piquetes eran armados", porque "el Gobierno no responde a la protesta", porque "ahora hay orden". Para otra parte, no fue calma: fue silencio forzado. La paz social también se vota. También se interpreta. También se discute.
¿Qué dicen realmente estos números, cuando se los deja hablar sin marketing ni slogan? Dicen que la Argentina no está solo mal: está desalineada. Que no comparte diagnóstico, ni prioridades, ni futuro. Que cada sector vive en su propio país imaginario, con sus propios datos, sus propios miedos y sus propias excusas.
Y cuando un país deja de ponerse de acuerdo incluso para describir su problema, cualquier relato puede funcionar, cualquier ajuste puede venderse como salvación y cualquier fracaso puede explicarse como herencia.
No es solo grieta.
Es país sin conversación común.
País de boludos, sí.
Pero, sobre todo, país exhausto.
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