13 de enero de 2026
por
Melina Schweizer
El Banco Mundial volvió a cumplir su papel preferido: medirnos, compararnos y ubicarnos prolijamente en el estante que nos toca. Según su último informe de Perspectivas Económicas Mundiales, la Argentina crecería un 4% en 2026, una cifra que en cualquier país normal sería motivo de discusión política profunda, pero que acá se presenta como una nota de color en medio del manual de obediencia macroeconómica.
El dato viene con letra chica. El crecimiento se modera -palabra elegante para decir "no se entusiasmen"- respecto del 4,6% del año anterior. ¿La razón? No una sequía, no una pandemia, no una guerra: la incertidumbre política interna. Traducido del idioma Banco Mundial al castellano rioplatense: cuando el pueblo vota, los mercados se ponen nerviosos.
El informe explica que a fines del año pasado hubo "episodios de presión cambiaria" que empujaron tasas de interés hacia arriba y, cómo no, lastimaron la demanda interna. La economía, parece, puede crecer... pero sin emociones fuertes, sin sobresaltos democráticos y, sobre todo, sin preguntas incómodas.
En ese marco, el Banco Mundial destaca -con una sonrisa diplomática- el apoyo de Estados Unidos, incluyendo líneas de swap que ayudaron a "estabilizar" las condiciones financieras. El tutor aparece justo cuando el alumno se mueve demasiado en el banco. También celebra la transición a una banda cambiaria, ese corset elegante que promete flexibilidad mientras ajusta por donde duele.

Aun así, el organismo nos concede una palmadita en la espalda: Argentina sería el tercer país de mayor crecimiento de la región en 2026, detrás de Panamá y República Dominicana. El podio latinoamericano, versión PowerPoint. No se habla de pobreza, de salarios, de jubilaciones, de ciencia o de industria: se habla de porcentajes. En País de Boludos, eso se llama progreso.
A nivel global, el Banco Mundial se muestra optimista con cautela: la economía mundial sería "más resiliente de lo previsto", aunque crecería menos. Una frase perfecta para decorar despachos mientras la deuda pública y privada alcanza niveles históricos. Mucha resiliencia, poco futuro.
Indermit Gill, economista jefe del organismo, lo dice sin rodeos: el mundo crece cada vez menos, pero aguanta. El problema -advierte- es que esa combinación no puede sostenerse mucho tiempo sin romper algo. Spoiler: lo que suele romperse no son los mercados, sino las vidas.
La receta final no sorprende a nadie: liberalizar inversión privada y comercio, frenar el consumo público, invertir en tecnología y educación. El catecismo de siempre, aplicado como si fuera neutral, técnico y universal. Como si los países fueran iguales, como si la historia no pesara, como si la política fuera un estorbo.
El presidente Javier Milei junto a Ajay Banga, presidente del Banco Mundial, durante un encuentro oficial.
Así, el Banco Mundial vuelve a narrar a la Argentina desde afuera, asignándole un rol claro: crecer, pero despacio; ordenar, pero sin decidir; votar, pero sin incomodar. En el gran tablero global, nos permiten avanzar... siempre y cuando no cambiemos las reglas del juego.
El problema no es el 4%.
El problema es quién decide qué significa crecer, para quién y a qué costo.
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