13 de enero de 2026
Durante décadas, Julio Iglesias fue presentado como el emblema del seductor latino: exitoso, carismático, omnipresente. Hoy, ese relato cruje. No por una operación mediática ni por una moda moral, sino por dos testimonios consistentes, documentados y sostenidos durante tres años de investigación periodística, que describen un sistema de abusos, coerción y violencia sexual ejercido desde el corazón mismo del poder económico, simbólico y patriarcal.
Dos mujeres -una trabajadora doméstica y una fisioterapeuta- acusan al cantante de agresiones sexuales, humillaciones sistemáticas y violencia física mientras prestaban servicios en sus mansiones del Caribe entre 2021 y 2023. No se trata de episodios aislados, sino de un régimen de dominación sostenido por jerarquías laborales, aislamiento geográfico, control corporal y una red de complicidades internas.

Las residencias de Iglesias en República Dominicana y Bahamas funcionaban, según los testimonios recogidos por elDiario.es y Univision Noticias, como espacios cerrados donde la frontera entre empleo y explotación se borraba deliberadamente. No había contratos formales. La selección se hacía por redes sociales, exigiendo edad, fotografías del cuerpo y disponibilidad total. El mensaje era claro: el trabajo incluía el cuerpo.
Las mujeres vivían bajo vigilancia constante. No podían salir libremente, tener pareja, sacar fotos ni socializar entre ellas. El control llegaba al extremo de regular la comida, el peso corporal y la menstruación. El teléfono móvil -último resto de intimidad- podía ser requisado en cualquier momento. No es un exceso. Es un método.

Los relatos describen un patrón reiterado: consumo forzado de alcohol, presiones directas o indirectas, insultos, amenazas de despido y la intervención activa de encargadas que operaban como intermediarias del abuso. El "no" era ignorado, ridiculizado o castigado. La negativa se transformaba en humillación pública. La resistencia, en violencia.
Una de las denunciantes relata haber despertado sin memoria tras una noche de abuso. La otra describe tocamientos en espacios abiertos, delante de terceros, como forma de marcar territorio. Ambas coinciden en algo esencial: la sensación de no tener derecho a rechazar. Eso no es consentimiento. Es sometimiento.
Durante años, la figura de Iglesias fue protegida por una narrativa conocida: el artista excéntrico, el seductor "de otra época", el hombre poderoso al que "siempre le gustaron las mujeres". Esa coartada cultural -que confunde deseo con derecho- es parte del problema. El abuso no ocurre a pesar del poder. Ocurre gracias al poder.
Aquí no hay "errores privados" ni "malentendidos". Hay relaciones laborales asimétricas, mujeres jóvenes en situación de vulnerabilidad económica y un varón multimillonario que decide cuándo, cómo y con quién se ejerce el cuerpo ajeno.

Julio Iglesias tiene 82 años. El argumento de la edad ya empezó a circular como escudo preventivo. Pero el feminismo no juzga biografías: interroga estructuras. Y lo que estas denuncias exponen no es solo la conducta de un individuo, sino la persistencia de un orden que convierte el poder masculino en impunidad.
Estas mujeres hablaron tarde, dicen algunos. Hablaron cuando pudieron. Hablaron cuando el costo dejó de ser mortal. Porque el silencio, en estos contextos, no es consentimiento: es supervivencia.
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