13 de enero de 2026

Economía

Economía. Inflación baja, país caro: la desinflación como política de desgaste

La inflación cerró 2025 en 31,5% interanual, según el INDEC. El dato, repetido como un mantra por el ministro de Economía y amplificado en redes como si se tratara de una hazaña épica, marca efectivamente el registro más bajo desde 2017 y una caída de 86,3 puntos porcentuales respecto del 117,8% con que había terminado 2024. Los números, fríos y exactos, dicen eso. Lo que no dicen -y lo que el relato oficial evita cuidadosamente- es qué costo social tuvo esa desaceleración, quiénes ganaron con ella y quiénes pagaron la factura.

Porque la inflación bajó, sí. Pero el país no se abarató. Al contrario: se volvió más caro para quienes viven de ingresos fijos, de salarios ajustados tarde, mal o nunca, y para quienes consumen en pesos pero piensan -por necesidad- en dólares.

La inflación interanual cerró diciembre de 2025 en 31,5%, marcando una fuerte desaceleración del IPC tras el pico de 2024, según datos difundidos por el INDEC.

La inflación cerró 2025 en 31,5% interanual, según el INDEC. El dato, repetido como un mantra por el ministro de Economía y amplificado en redes como si se tratara de una hazaña épica, marca efectivamente el registro más bajo desde 2017 y una caída de 86,3 puntos porcentuales respecto del 117,8% con que había terminado 2024. Los números, fríos y exactos, dicen eso. Lo que no dicen -y lo que el relato oficial evita cuidadosamente- es qué costo social tuvo esa desaceleración, quiénes ganaron con ella y quiénes pagaron la factura.

Porque la inflación bajó, sí. Pero el país no se abarató. Al contrario: se volvió más caro para quienes viven de ingresos fijos, de salarios ajustados tarde, mal o nunca, y para quienes consumen en pesos pero piensan -por necesidad- en dólares.

Diciembre cerró con una inflación mensual del 2,8%, levemente superior al 2,5% de noviembre, lo que confirma una tendencia inquietante: la desaceleración existe, pero no logra perforar el piso del 2% mensual, aun en un contexto de recesión, contracción del consumo y caída real del poder adquisitivo. No es un detalle técnico: es la señal de que la inflación ya no es solo monetaria, sino estructural, anclada en precios regulados, servicios esenciales y costos dolarizados.


La inflación de diciembre fue del 2,8% y cerró 2025 con una tendencia estable a lo largo del año, según datos difundidos por el INDEC.

Los rubros que más subieron en diciembre no fueron marginales ni prescindibles. Transporte aumentó 4%, Vivienda, agua, luz y gas 3,4%, Comunicación 3,3%, Alimentos y bebidas no alcohólicas 3,1%. Es decir: moverse, vivir bajo techo, comunicarse y comer aumentaron por encima del promedio general. Educación, con 0,4%, y Prendas de vestir, con 1,1%, aparecen como los "moderados", no porque hayan mejorado las condiciones, sino porque la demanda está exhausta.

Aquí aparece la primera fractura del relato.

¿Quién gana con esta desinflación?

Ganan, en primer lugar, los grandes tenedores de activos financieros, especialmente aquellos dolarizados o indexados. La fuerte contracción monetaria, el superávit fiscal sostenido y la ausencia total de emisión para financiar al Tesoro consolidaron un escenario donde la rentabilidad financiera volvió a superar a la economía real.

Ganan también los sectores exportadores y las empresas con capacidad de fijar precios en dólares o cuasi dólares, en un contexto de apreciación cambiaria real cercana al 41% desde diciembre de 2023, que abarata costos internos pero encarece la vida cotidiana. Ganan quienes pueden trasladar aumentos sin perder mercado. Ganan quienes ajustan rápido.

Y gana, políticamente, el Gobierno, que exhibe el número como prueba de "orden", aun cuando ese orden se haya construido a fuerza de licuar ingresos, enfriar la economía y retraer el consumo.


¿Quién pierde?

Pierden los asalariados. Según estimaciones privadas, el salario real promedio cerró 2025 entre 15% y 20% por debajo de 2023, dependiendo del sector. Pierden los jubilados, cuyas prestaciones quedaron sistemáticamente por detrás de la inflación núcleo. Pierden las economías regionales orientadas al mercado interno. Pierden los inquilinos, atrapados entre tarifas en alza y alquileres indexados.

Pierde, además, el Estado social. Porque el ajuste no fue neutro: fue selectivo. La caída de la inflación no vino acompañada de una recomposición del tejido productivo ni de una mejora distributiva. Vino acompañada de menos obra pública, menos subsidios, menos presencia estatal, y una transferencia silenciosa pero constante de recursos desde el trabajo hacia el capital.

El discurso como política

El tuit del ministro Caputo no es ingenuo ni meramente informativo. Habla de "ataque político", de "dolarización del 50% del M2", de "único camino posible". Es un discurso de cierre, no de apertura. De fatalismo técnico, donde cualquier alternativa es presentada como irresponsable o imposible.

Pero la inflación no es solo un fenómeno monetario. Es una relación social, una disputa por ingresos, una expresión del poder. Bajarla sin discutir cómo se distribuyen los costos es, en el mejor de los casos, una omisión. En el peor, una decisión.

La desinflación, tal como está planteada hoy, funciona como una política de desgaste: lenta, persistente, aparentemente ordenada, pero profundamente regresiva. No estalla. No hace ruido. No genera titulares dramáticos. Pero erosiona.

Y en ese desgaste, mientras los gráficos celebran barras descendentes y porcentajes prolijos, la vida cotidiana se vuelve más cara, más tensa, más frágil.

La inflación bajó. El país, no.

Ese es el dato que falta en el tuit. Y en casi todos los festejos.


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