15 de enero de 2026
Por: Redacción Mundo Poder
El Premio Nobel de la Paz ya no es lo que era. Lo que históricamente se consideró el galardón más prestigioso del planeta ha descendido al barro de la política más cruda. El escenario: un triángulo de intereses entre una líder opositora en el exilio, un presidente estadounidense con sed de reconocimiento y un comité noruego que hace control de daños mientras ve cómo su reputación se desintegra.
Fiel a su estilo, Donald Trump no se guardó nada. El mandatario estadounidense arremetió contra Noruega en sus redes sociales, calificando de "tonta" la decisión de premiar a María Corina Machado en lugar de a él.
"TERMINÉ 8 GUERRAS sin ayuda de nadie y Noruega, miembro de la OTAN, decidió tontamente no concederme el Premio Noble de la Paz", disparó Trump, no solo con errores de ortografía, sino con un dardo directo al corazón de la diplomacia noruega.
Para Trump, el hecho de que Machado fuera elegida tras el derrocamiento de Maduro es un insulto personal, considerando que fue el músculo militar de EE. UU. el que finalmente ejecutó la caída del régimen chavista.

En un giro que muchos analistas califican de "desesperado", Machado ha intentado congraciarse con Trump proponiendo algo que las leyes del Instituto Nobel prohíben terminantemente: compartir el premio.
En una reciente entrevista con Fox News, la líder venezolana dejó caer la idea de que el galardón pertenece a ambos por su lucha contra el autoritarismo. Sin embargo, en Washington el ambiente es gélido. A pesar de haberla ayudado a escapar de Venezuela en una operación digna de Hollywood -coordinada por mercenarios y veteranos de fuerzas especiales-, Trump la ha ninguneado públicamente.
"Es una mujer agradable, pero no tiene el respeto necesario para dirigir el país", sentenció Trump, dejando a Machado en un limbo político donde el Nobel parece ser su única moneda de cambio para intentar comprar una cuota de poder en la nueva Venezuela.
En Oslo, el sentimiento es de pura indignación. El Instituto Nobel tuvo que romper su habitual silencio para aclarar que el premio "no se puede revocar, compartir ni transferir". Para los noruegos, ver su máxima herramienta de prestigio utilizada como "ofrenda" en un juego de guerra es una humillación nacional.
Lena Lindgren, columnista del semanario Morgenbladet, fue lapidaria: "Lo nuevo ahora es que el premio se está utilizando en un juego político, un juego bélico. Noruega ha quedado políticamente avergonzada".
El descontento en el país nórdico es casi unánime:
Rechazo a Trump: El 75% de los noruegos se oponen a que Trump reciba el premio, incluso si lograra la paz en Ucrania.
Silencio ante las bajas: Se critica a Machado por su apoyo a los bombardeos estadounidenses en el Caribe, que ya han dejado más de 100 muertos, una postura que contradice el espíritu "pacifista" del galardón.
El culebrón Machado-Trump es solo el último clavo en el ataúd de la credibilidad del Comité. Desde el premio preventivo a Barack Obama mientras lideraba invasiones, hasta el caso de Abiy Ahmed (quien desató una masacre en Etiopía meses después de recibirlo), el Nobel de la Paz parece estar perdiendo su brújula moral.
Mientras Machado se prepara para una tensa reunión este jueves en Washington, el mundo observa cómo el símbolo de la paz se desdibuja entre el humo de las bombas y los egos de dos líderes que, por razones muy distintas, no están dispuestos a dejar que el otro se lleve toda la gloria.
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