23 de enero de 2026
por
Redaccion Mundopoder.com
Camina descalzo sobre los vidrios rotos y la tierra revuelta de lo que alguna vez fue su santuario. A los 66 años, con una barba plateada que le llega al pecho y una melena rebelde que le valió el apodo de "Gandalf", Paul Smith mira los restos de sus invernaderos en la remota región de Northland, Nueva Zelanda.
Hace ocho meses, la paz de su vida de "hippie de la vieja escuela" se rompió cuando un escuadrón de policías armados irrumpió en su propiedad. A golpe de hacha, destrozaron las estructuras y arrancaron de raíz a "sus niñas", como llamaba cariñosamente a las plantas de cannabis que había cuidado con devoción científica durante años. Pero Smith no es un narcotraficante tradicional. No tiene mansiones, ni autos de lujo, ni cuentas en paraísos fiscales. Su "crimen", según la fiscalía, fue cultivar, procesar y regalar aceite de cannabis a quienes el sistema de salud ya había desahuciado.
e ocho meses, la paz de su vida de "hippie de la vieja escuela" se rompió cuando un escuadrón de policías armados irrumpió en su propiedad. A golpe de hacha, destrozaron las estructuras y arrancaron de raíz a "sus niñas", como llamaba cariñosamente a las plantas de cannabis que había cuidado con devoción científica durante años.

Smith enfrento cargos por cultivo y venta de cannabis
Pero Smith no es un narcotraficante tradicional. No tiene mansiones, ni autos de lujo, ni cuentas en paraísos fiscales. Su "crimen", según la fiscalía, fue cultivar, procesar y regalar aceite de cannabis a quienes el sistema de salud ya había desahuciado.
En Nueva Zelanda se los conoce como "Hadas Verdes": cultivadores clandestinos que operan en los márgenes de la ley para abastecer una demanda que la medicina formal no logra cubrir. Aunque el país legalizó el cannabis medicinal en 2020, la burocracia, las licencias costosas y los precios de farmacia dejaron a miles de pacientes sin acceso real al tratamiento.
Ahí es donde entraba Gandalf.
Su "libro contable" no era una hoja de cálculo encriptada, sino un viejo cuaderno rojo donde anotaba a mano las historias de dolor que llegaban a su teléfono.
Niños con convulsiones epilépticas intratables.
Pacientes terminales de cáncer buscando un poco de paz en sus últimos días.
Abuelos con artritis, Parkinson o dolores crónicos que les impedían caminar.
Para muchos, Smith era la última esperanza. "Es repugnante que persigan a los verdaderos emprendedores de la empatía", dispara Mitch Harris, un padre desesperado. Su hija August, que es ciega, sorda y sufre retraso madurativo, encontró en el aceite casero de Smith el único remedio capaz de frenar sus convulsiones.

Smith extraia su propio aceite del cannabis que cultivaba.
"Deberían nombrarlo Caballero, no presidiario"
La indignación popular no se hizo esperar. Mientras Smith enfrenta cargos por cultivo y suministro de drogas, su comunidad lo ha elevado a la categoría de mártir. Se organizan colectas para pagar sus abogados y hay manifestaciones en la puerta de los tribunales.
Las historias de gratitud son desgarradoras. Delia Quedec recuerda cómo el aceite de "Gandalf" le devolvió el apetito y la energía a su esposo en la fase final de un cáncer de vejiga. Gracias a ese frasco, pudo hacer un último viaje con ella antes de morir en 2023.
"Cuando se nos incendió la casa, Paul no solo nos mandó la medicina gratis, sino que nos envió 500 dólares de su propio bolsillo para ayudarnos", cuenta Delia, todavía incrédula ante la persecución judicial. "Ni por un instante pensé que la policía allanaría su casa. A este hombre deberían nombrarlo Caballero del Imperio por todo el dolor que alivió".

Paul Smith nunca quiso ser un capo de la droga. Su historia es la de un sobreviviente: creció en los años 60, pasó por orfanatos, dejó la escuela a los 14 años y aprendió a vivir de la tierra. Cazaba cerdos, cultivaba sus vegetales y vivía desconectado del consumismo.
Su transición a proveedor medicinal fue casi accidental. Hace una década, Pearl Schomburg, una activista de 73 años con artritis reumatoide, probó su aceite. El alivio fue inmediato. Cuando ella le confesó que su pensión no le alcanzaba para pagar los 100 dólares que costaba el frasco en el mercado negro, Smith simplemente se lo regaló.
"No hay nadie como él", asegura Schomburg.
Pero la policía no opina lo mismo. Tras interceptar un paquete el año pasado, las fuerzas de seguridad decidieron que la ley es la ley, sin importar el fin humanitario. Para el gobierno, la regulación existe para garantizar la seguridad del producto; para los pacientes de Smith, la regulación es solo una barrera económica que los condena al dolor.
Smith espera su juicio para diciembre, pero su espíritu parece intacto. Karen, su esposa desde hace 40 años, admite que siempre vivió con el miedo a la redada, pero que "ver cuántas vidas cambiamos hace que el miedo haya valido la pena".
La metáfora perfecta de esta resistencia yace hoy entre los escombros de su finca. Meses después del operativo policial, entre vidrios y vigas rotas, Smith encontró un pequeño brote verde asomando de la tierra. Una semilla olvidada había sobrevivido a las botas policiales, a las heladas del invierno y al abandono.
"Es una cepa buena, resistente", dice Gandalf con una sonrisa pícara, señalando la pequeña planta que crece contra todo pronóstico. "Es una planta desafiante. Está ahí, rebelándose, haciéndole un fuck you al sistema"

(Créditos: Texto y Fotos basados en el reportaje original de The New York Times)
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