24 de febrero de 2026

Opinión

Opinión. Cuando un presidente deja de sentir, el pueblo empieza a sufrir

por
Jorge Dimuro

Un Presidente no puede gobernar desde la frialdad. No puede hacerlo mirando únicamente gráficos, balances o indicadores económicos mientras afuera la realidad golpea con fuerza a millones de argentinos. Un Presidente tiene que tener sentimientos. Tiene que conmoverse, escuchar, comprender y, sobre todo, sentir el dolor de su pueblo como propio.

Porque gobernar no es aplicar fórmulas matemáticas: es asumir una responsabilidad humana. Es entender que detrás de cada medida hay un jubilado que deja medicamentos en el mostrador porque no los puede pagar, un trabajador que hace cuentas imposibles para sostener a su familia, una madre o un padre que vive con la angustia de no saber si mañana alcanzará. Hoy la gente está sufriendo. Y no lo dicen los discursos políticos: lo dice la calle. Lo dicen los comercios vacíos, los hospitales saturados, las mesas cada vez más austeras y el silencio preocupado de quienes ya no saben qué más ajustar en sus vidas para poder seguir adelante.

El pueblo argentino no quiso volver a esto. No votó para regresar a la incertidumbre permanente ni para revivir las mismas angustias de siempre. El pueblo quiso esperanza, quiso cambio para vivir mejor, no para sobrevivir peor.

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Un Presidente debe hablar de los humildes, pero más importante aún: debe gobernar pensando en ellos. Porque cuando el poder se aleja de la realidad social, pierde legitimidad moral. Y cuando la política deja de escuchar, la democracia se vuelve distante y fría.

No se puede construir un país ignorando el sufrimiento cotidiano. No se puede pedir paciencia infinita a quienes ya vienen esperando hace décadas. Siempre son los mismos los que hacen el esfuerzo, los mismos los que resignan, los mismos los que pagan las crisis. Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿Para quién se gobierna?

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Porque un país no se levanta solamente equilibrando cuentas; se levanta generando dignidad. No alcanza con ordenar números si se desordena la vida de la gente. No alcanza con hablar de futuro si el presente se vuelve insoportable.

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La política nació para proteger, no para endurecerse frente al dolor social. Gobernar exige firmeza, sí, pero también sensibilidad. Exige decisiones, pero también empatía. Exige liderazgo, pero jamás indiferencia.

Un Presidente puede equivocarse en una medida económica. Puede corregir un rumbo. Puede revisar una estrategia. Lo que no puede permitirse es perder la conexión humana con su pueblo.

Porque cuando un gobernante deja de sentir, el pueblo empieza a sufrir en soledad.

Y la historia argentina ya nos enseñó demasiadas veces que ningún proyecto de país puede sostenerse si deja atrás a los más débiles, a los jubilados, a los trabajadores, a quienes construyeron esta Nación con esfuerzo y hoy solo piden vivir con dignidad.

Hoy más que nunca hace falta recordar algo simple, pero esencial: gobernar no es demostrar dureza; gobernar es cuidar.

Cuidar al que trabaja. Cuidar al que produjo toda su vida. Cuidar al que ya no puede esperar más.

Porque un país no se mide por la fortaleza de sus discursos, sino por la tranquilidad de su gente.

Y cuando el pueblo vuelve a sentir que alguien lo escucha, recién entonces empieza la verdadera reconstrucción nacional.

Jorge Dimuro

"La Voz del Jubilado"

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