2 de marzo de 2026
por
Victorio Pirillo, Secretario General del Sindicato de Trabajadores Municipales de Vicente López
Vivimos
en una época donde ya no se disputa sólo el poder político, sino el control del
sentido común. La discusión pública fue reemplazada por operaciones discursivas
cuidadosamente diseñadas por quienes concentran poder económico real. No
intentan convencer: buscan imponer. No debaten: colonizan. Se infiltran en
instituciones, financian relatos y moldean percepciones con la certeza de que
una sociedad puede ser derrotada sin disparar un solo tiro, apenas erosionando
su confianza, su trabajo y su cohesión.
La sociedad argentina no abandonó la idea de
justicia social; abandonó a quienes la proclamaban mientras administraban su
deterioro. El resultado es una democracia emocionalmente agotada, donde la
polarización constante reemplaza al debate y el Estado dejó de percibirse como
herramienta colectiva para convertirse en un botín de guerra. En ese terreno
fértil, el pensamiento crítico se desploma y el discurso público se vuelve cada
vez más primario, más visceral y más fácil de manipular.
En ese vacío prosperó una narrativa funcional al
poder económico: la política es inútil, el mercado es infalible y los
empresarios son los únicos generadores legítimos de riqueza. Así, mientras el
capital se disfraza de racionalidad técnica, la política es reducida a
caricatura y demonizada como "casta". El mensaje es claro, gobernar debe ser un
privilegio de gerentes, financistas y dueños de conglomerados.
Este corrimiento no es sólo cultural, es
estructural ya que el viejo reformismo social internacional fue sustituido por
un entramado difuso de intereses globales que condicionan decisiones nacionales
sin someterse jamás al control democrático. No hay conspiraciones
cinematográficas, sino algo mucho más eficaz: lobbies persistentes, presiones
financieras y decisiones tomadas en mesas donde la ciudadanía nunca fue
invitada.
Argentina ofrece un laboratorio perfecto, cada
crisis repite el mismo guion: cuando hay ganancias, se privatizan; cuando hay
pérdidas, se socializan; el empresario acumula y el trabajador paga la cuenta.
Una vez que esto sucede hay cientos de miles de
despedidos y se sabe que un individuo sin función no tiene lugar ni acceso a
una vida digna y mucho menos cuando estos están atados a las personas y no a
las propuestas o programas porque todos saben que los privilegios lo tienen los
que están bajo el amparo del estado. Y el Estado de hoy lo configura un
presidente sin estructura con una estructura que tiene un presidente.
Mientras la oposición solo se limita a hacer revisionismo forense en vez de hacer un diagnóstico real y concreto sobre lo que acontece se empecina en trabajar sobre lo que ya pasó y está muerto. Por su lado la gente en su desesperación se vuelca a discursos y a candidatos salvacionistas, principalmente aquellos políticos (demagogos asalariados) que ejercen la logomaquia, en sí, sobre aquellos que hablan sin definir nada. De igual forma gran parte del sindicalismo en vez de proyectarse sobre la rica historia y gloria que posee en la argentina desplaza a esta por estos nuevos gurúes.

El patrón del
rescate eterno y el despido seguro
Javier Madanes Quintanilla ilustra esta lógica con
precisión quirúrgica. Dueño de FATE y Aluar, su expansión estuvo históricamente
atada a decisiones estatales. En los años ochenta, la estatización de deudas
privadas por más de doscientos millones de dólares trasladó al conjunto de la
sociedad costos que nunca generó. El patrón quedó establecido: el Estado como
sostén, el riesgo como patrimonio colectivo y la ganancia como derecho privado.
Esta práctica continuó, en 2016 bajo el gobierno de
Mauricio Macri, en el intento de despedir 500 trabajadores del "turno rojo"
terminó generando beneficios empresariales mientras el conflicto recaía sobre
los asalariados. Lejos de ser excepcional, el ajuste se volvió método,
nuevamente recortes en 2019, nuevas tensiones entre 2021 y 2022, y al mismo
tiempo ventajas comerciales durante la presidencia de Alberto Fernández
mediante medidas que protegieron su producción frente a importaciones.
La historia volvió a repetirse en 2024, cuando la
firma invocó crisis ante la administración de Javier Milei. El argumento fue el
de siempre, costos altos, mercado en baja, necesidad de reestructuración. La
traducción concreta también: despidos, presión sindical y negociación con el
Estado. Hoy, en 2026, el libreto vuelve a escena con cientos de cesantías que
parecen meros resultados de una emergencia que de una estrategia. La crisis, en
este esquema, no es accidente, es una herramienta.
Porque el poder económico no sólo busca
rentabilidad, busca disciplinamiento. El conflicto permanente no es un error
del sistema, es su combustible, generar incertidumbre, desgastar la resistencia
colectiva y naturalizar el sacrificio ajeno son formas de gobierno tan
efectivas como invisibles.
Cuando el ajuste golpea siempre al mismo sector,
deja de ser diagnóstico y pasa a ser doctrina y esa doctrina atraviesa buena
parte del empresariado local, que exige rescates cuando pierde y predica
meritocracia cuando gana.
La responsabilidad social empresaria se disuelve en
balances prolijos y comunicados vacíos, los mismos sectores que reclamaron
solidaridad estatal en 2002 hoy responden con despidos, especulación y presión
política.
Para el capital concentrado, esperar suele ser rentable, pero para el trabajador la espera se mide en angustia, deuda y miedo al despido. Si la crisis se convierte en negocio, entonces el ajuste deja de ser una respuesta económica para convertirse en una decisión política y cuando eso ocurre, el problema ya no es la coyuntura, es el modelo.
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