19 de julio de 2026

Opinión

Opinión. ¡Gracias, campeones, el resultado no cambia la historia!

Hay derrotas que duelen. Y hay derrotas que, con el paso del tiempo, engrandecen todavía más a quienes las protagonizaron. La de este Mundial pertenece a la segunda categoría.

por
Cristian González, Director

Hay derrotas que duelen. Y hay derrotas que, con el paso del tiempo, engrandecen todavía más a quienes las protagonizaron. La de este Mundial pertenece a la segunda categoría.

Hoy la tristeza es inevitable. Una final perdida siempre deja un vacío difícil de explicar. Pero cuando se apaguen los debates, las redes sociales dejen de buscar culpables y el enojo se transforme en perspectiva, quedará una certeza imposible de discutir: esta generación volvió a representar a la Argentina como muy pocas lo hicieron en la historia.

Lionel Messi y Lionel Scaloni construyeron mucho más que un equipo de fútbol. Construyeron un símbolo.



En un país donde casi todo divide, ellos unieron. Mientras la política profundizó las diferencias, la economía golpeó a millones de familias y la sociedad pareció discutir absolutamente todo, la Selección logró un milagro que ningún dirigente pudo conseguir: hacer que 48 millones de argentinos empujaran para el mismo lado.

Durante un Mundial no importó de qué partido era cada uno, cuánto ganaba, en qué barrio vivía o qué pensaba del país. Todos gritamos los mismos goles. Todos sufrimos las mismas atajadas. Todos soñamos con la misma ilusión.

Eso también es construir patria.

Argentina marcó la temperatura de un Mundial que ojalá no se recuerde como el último tango del mejor de la historia. (REUTERS)

Scaloni recuperó algo que parecía perdido: el sentido colectivo. Armó un grupo donde el compromiso siempre estuvo por encima de los nombres. Y Messi, el mejor futbolista de todos los tiempos, eligió el camino más difícil: el de liderar desde el ejemplo, el sacrificio y la humildad. Nunca necesitó discursos grandilocuentes. Le alcanzó con dejar el alma en cada pelota.

Los resultados hablan por sí solos. Campeones del mundo. Bicampeones de América. Finalistas otra vez en un Mundial. Una de las etapas más exitosas que haya conocido la Selección Argentina.

Pero reducir este ciclo a las estadísticas sería injusto.


Dentro de veinte años nadie recordará cada detalle de esta final. En cambio, sí recordaremos lo que sentimos cuando esta Selección jugaba. Recordaremos que, por un rato, desaparecieron las peleas cotidianas. Que las banderas volvieron a las ventanas. Que las plazas se llenaron de familias abrazándose con desconocidos. Que millones volvieron a emocionarse con la camiseta celeste y blanca.

Eso no se compra. No se decreta. No se improvisa.

Se construye con credibilidad. Con trabajo. Con respeto. Con dirigentes que entienden que representar a la Argentina es mucho más importante que representarse a sí mismos.

El fútbol, como la vida, no siempre premia a quien más lo merece. Pero sí suele ser justo con la memoria.


Y cuando el tiempo acomode las emociones, esta derrota dejará de ser una herida para convertirse en otra página de una historia extraordinaria.

Porque Messi y Scaloni no solo ganaron títulos. Lograron algo mucho más difícil: devolvieron el orgullo de ser argentinos y nos recordaron que, cuando dejamos de lado las diferencias, todavía somos capaces de emocionarnos juntos.

Las copas son eternas. Pero hay legados que duran mucho más.

El de esta Selección es uno de ellos.

Creo que esta versión tiene un tono más de columna dominical: menos futbolera y más centrada en el significado cultural y social de este ciclo.

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