24 de julio de 2026
El indicador de la Universidad Torcuato Di Tella cortó dos meses de recuperación y mostró un deterioro generalizado. La baja fue mucho más fuerte en los hogares de menores ingresos, donde el índice se hundió más de 11%.
La confianza del consumidor cayó 4,78% en julio y encendió una nueva señal de alerta sobre el ánimo económico de los hogares en la Argentina. El Índice de Confianza del Consumidor que elabora el Centro de Investigación en Finanzas de la Universidad Torcuato Di Tella se ubicó en 40,67 puntos, después de dos meses consecutivos de mejora.
El retroceso fue generalizado por regiones, edades y niveles socioeconómicos, pero golpeó con mucha más fuerza a los hogares de ingresos bajos. En ese segmento, la confianza se desplomó 11,47% en solo un mes, mientras que en los hogares de ingresos altos la baja fue de 1,45%.
El informe de la UTDT mostró que la caída de julio alcanzó a todas las regiones del país. El retroceso más marcado se registró en el Gran Buenos Aires, donde el índice bajó 6,35% mensual, seguido por la Ciudad de Buenos Aires, con una caída del 6,24%, y el Interior, con una baja del 1,68%.
En la comparación interanual, el deterioro también fue significativo. El indicador quedó 12,30% por debajo del nivel registrado en julio de 2025, lo que confirma que el rebote de los meses anteriores no alcanzó para revertir el clima de cautela entre los consumidores.
El dato es relevante porque la confianza del consumidor funciona como una señal anticipada sobre decisiones de compra, consumo de bienes durables, expectativas sobre ingresos y percepción de la economía. Cuando el indicador cae, suele reflejar mayor prudencia en el gasto y menor disposición a asumir compromisos financieros.
La baja más fuerte se dio entre los hogares de ingresos bajos, donde el índice cayó 11,47% en julio. Esa diferencia muestra que la percepción económica no impacta de la misma manera en todos los sectores sociales: quienes destinan una mayor proporción de sus ingresos a alimentos, transporte, tarifas y gastos básicos suelen tener menos margen para absorber aumentos o incertidumbre.
En los hogares de ingresos altos, la caída fue mucho menor, de 1,45%. La brecha entre ambos segmentos expone un clima social partido, donde la mejora macroeconómica que intenta mostrar el Gobierno todavía no se traduce de forma homogénea en el bolsillo.
El informe también registró bajas por edad. El mayor retroceso mensual se observó entre los jóvenes de 18 a 29 años, con una caída del 8,21%. Luego aparecieron el grupo de 30 a 49 años, con una baja del 5,17%, y los mayores de 50 años, con un descenso del 3,19%.
Todos los componentes del Índice de Confianza del Consumidor retrocedieron en julio. La mayor caída se dio en la situación macroeconómica, que mide cómo creen los consumidores que evolucionará la economía argentina en el corto y mediano plazo. Ese subíndice bajó 8,49% en el mes.
La situación personal también mostró un deterioro: cayó 3,89% mensual y quedó casi 15% por debajo del nivel de julio del año pasado. Este punto mide cómo evalúan los hogares su situación financiera actual y qué esperan para los próximos meses.
El segmento de compras de bienes durables e inmuebles tuvo una baja más leve, de 0,48%, pero también quedó por debajo de los registros interanuales. Ese dato refleja que los consumidores siguen mostrando cautela frente a decisiones de mayor valor, como electrodomésticos, autos, refacciones o inmuebles.
La caída de la confianza del consumidor llega en un momento sensible para el Gobierno de Javier Milei, que busca sostener el relato de estabilización económica, baja de inflación y recuperación gradual de la actividad. Sin embargo, el indicador muestra que una parte importante de la sociedad todavía percibe fragilidad en sus ingresos y dudas sobre el futuro.
El dato más delicado es el de los sectores de menores recursos. Si la confianza cae con más fuerza en los hogares que destinan casi todo su ingreso al consumo cotidiano, el impacto puede trasladarse a supermercados, comercios de barrio, indumentaria, electrodomésticos y servicios.
El retroceso también puede leerse como una advertencia política. La mejora de algunas variables macroeconómicas no garantiza por sí sola una recuperación del humor social si los salarios, jubilaciones y changas no alcanzan para recomponer poder adquisitivo de manera sostenida.
La evolución del consumo dependerá de tres factores centrales: ingresos reales, inflación y expectativas. Si los hogares perciben que su situación personal no mejora o que la economía puede volver a deteriorarse, es probable que mantengan una conducta defensiva.
En la práctica, eso significa postergar compras importantes, reducir gastos no esenciales, buscar segundas marcas, financiar consumos básicos o evitar endeudarse. Este comportamiento puede moderar la recuperación de la actividad, especialmente en sectores vinculados al mercado interno.
La baja de julio no implica necesariamente un cambio definitivo de tendencia, pero sí corta una recuperación que venía desde mayo y junio. Para el Gobierno, el desafío será lograr que la desaceleración de precios se traduzca en una mejora palpable del bolsillo antes de que la cautela de los consumidores vuelva a enfriar la economía.
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