29 de julio de 2026
Por Jorge Dimuro
Hay
preguntas que duelen. Preguntas que no nacen de la política ni de las
estadísticas. Nacen del corazón. Y hoy quiero compartir una de ellas con
ustedes.
¿Alguien
va a hacer algo con el maltrato que sufren tantos adultos mayores en algunos
geriátricos?
No
hablo de todos, porque sería injusto. Existen instituciones y trabajadores que
entregan su vida con amor, respeto y profesionalismo. A ellos mi
reconocimiento. Pero también existen otros lugares donde la dignidad parece
haber quedado encerrada entre cuatro paredes. Y lo más doloroso es que, muchas
veces, ese sufrimiento es conocido.
Hay
familiares que sospechan, que ven señales, que escuchan relatos, pero callan.
Algunos por miedo a que el geriátrico les diga que ya no puede recibir a su ser
querido. Otros porque sienten que no podrían hacerse cargo en sus casas. Y así,
entre el miedo, la culpa y la resignación, el silencio termina siendo el peor
de los cómplices.
¿Y
las autoridades? ¿Cuántas veces escuchamos la misma respuesta? "Si
cerramos ese geriátrico, ¿qué hacemos con los abuelos que viven allí?"
Es
una pregunta válida, pero no puede convertirse en una excusa para mirar hacia
otro lado.
Porque
si un establecimiento no reúne las condiciones necesarias para cuidar vidas
humanas, la solución no puede ser dejar todo como está. La solución debe ser
proteger a esas personas y exigir que existan lugares dignos donde puedan vivir
con respeto. Los adultos mayores no somos un problema que haya que esconder.
No
somos una carga. No somos un gasto.
Somos
personas. Somos hombres y mujeres que trabajamos toda una vida, que construimos
familias, que levantamos este país con nuestro esfuerzo. Somos la memoria viva
de la Argentina.
Entonces
me pregunto... ¿A nadie le interesa realmente cómo viven muchos de nuestros
mayores?
¿Será
que quienes ingresan a un geriátrico quedan condenados al olvido?
¿Será
que la sociedad se acostumbró a pensar que, después de cierta edad, la dignidad
vale menos?
Hoy
quiero hablarles a las autoridades. Les pido que controlen de verdad. Que
inspeccionen. Que escuchen las denuncias. Que no esperen una tragedia para
actuar.
Quiero
hablarles también a las familias. No dejen nunca de visitar, de preguntar, de
observar. La presencia de un hijo, de una hija, de un nieto o de un amigo puede
cambiarle el día a quien vive en un hogar. El amor también cuida.
Y
quiero hablarle a toda la sociedad. Porque la forma en que un pueblo trata a
sus adultos mayores habla de su verdadera grandeza. No alcanza con homenajes un
día al año. El respeto debe vivirse todos los días.
Y
permítanme terminar con una pregunta que me nace desde lo más profundo del
alma.
¿Qué
hicimos los adultos mayores para merecer este calvario?
¿Por
qué tantos terminan sus días sintiéndose solos, olvidados o maltratados?
No tengo todas las respuestas. Pero sí tengo una certeza.
La forma en que un pueblo trata a sus adultos mayores habla de su verdadera grandeza.
Mientras
exista un solo abuelo o una sola abuela sufriendo en silencio, nosotros, desde
"La Voz del Jubilado", no vamos a callarnos.
Porque
el silencio protege a los abusadores.
La
palabra protege a las víctimas. Y mientras nos quede un micrófono, una voz y el
compromiso de defender la dignidad de nuestros mayores, seguiremos preguntando,
seguiremos denunciando y seguiremos luchando.
Porque
envejecer jamás puede significar perder el derecho al respeto. Y porque ningún
adulto mayor merece terminar su vida con miedo.
Merece
terminarla con la misma dignidad con la que vivió y trabajó para construir el
país que hoy disfrutamos todos.
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