6 de agosto de 2026
Los jubilados de la mínima (la mayoría) acumulan una caída real de poder adquisitivo de entre 10% y 20% respecto al final del gobierno anterior, según distintos informes. El ajuste ayudó al superávit fiscal, pero el costo lo pagaron principalmente los adultos mayores de menores ingresos.
Por Jorge Dimuro, La Voz del Jubilado
Queridos amigos... Hoy quiero invitarlos a hacer una pausa. A dejar por un momento de lado los gritos, las discusiones políticas, las redes sociales y los discursos de unos y de otros. Quiero que pensemos juntos.
Porque hay una pregunta que cada día escucho con más frecuencia. Me la hacen en la calle, en los centros de jubilados, por teléfono, por mensajes y también en este programa. La pregunta es sencilla, pero profundamente dolorosa.
¿Valió y vale la pena seguir con el tremendo ajuste que aplica el Gobierno?
Y antes de que alguno piense que voy a responder desde una posición política, quiero aclarar algo. No.
Hoy no quiero hablar de partidos, de dirigentes ni de ideologías. Quiero hablar de personas. Quiero hablar de ustedes. Quiero hablar de millones de jubilados argentinos.
Porque cuando los economistas hablan de ajuste utilizan palabras como déficit, equilibrio fiscal, inflación, superávit, mercado, inversiones o riesgo país. Son términos importantes. Nadie puede negarlo.
Pero hay otra realidad que muchas veces no aparece en los informes económicos. La realidad de ese abuelo que parte una pastilla por la mitad para que le dure unos días más. La de esa jubilada que mira una y otra vez la receta médica antes de entrar a la farmacia, preguntándose cuál de todos los medicamentos podrá comprar.
Los que dejaron de prender la estufa en invierno porque la factura de los servicios ya no entra en el presupuesto. Esas historias no aparecen en los gráficos. Pero existen. Y duelen.
El Gobierno sostiene que este esfuerzo era inevitable. Que había que ordenar las cuentas del Estado. Que no había otro camino. Y probablemente muchos economistas encuentren argumentos para sostener esa posición. También es cierto que algunos indicadores muestran una economía más ordenada que meses atrás. Sería injusto negar esa realidad.
Pero también sería injusto ignorar otra. Porque si el precio de ese orden termina pagándolo quien trabajó durante cuarenta años, quien aportó toda su vida y hoy no puede comprar sus remedios, entonces tenemos la obligación moral de preguntarnos si el costo está siendo repartido con justicia.
Porque una cosa es pedir un esfuerzo. Y otra muy distinta es que siempre hagan el mayor esfuerzo los mismos.

Los jubilados no eligieron llegar a esta etapa de la vida dependiendo de un haber que muchas veces no alcanza. Los jubilados no son responsables de las malas administraciones del pasado. No provocaron la inflación. No generaron el déficit. No diseñaron las políticas económicas. Sin embargo, una y otra vez, terminan siendo quienes pagan la cuenta.
Y entonces vuelvo a hacerme la misma pregunta. ¿Vale la pena? ¿Vale la pena alcanzar el equilibrio fiscal si millones de personas mayores deben resignar calidad de vida? ¿Vale la pena mostrar buenos números si detrás de ellos hay personas que esperan meses una consulta médica, un estudio o un medicamento?
Porque el tiempo tiene un valor diferente cuando uno es jubilado. Un joven puede esperar. Puede proyectar. Puede recuperarse. Un empresario puede volver a invertir. Un trabajador puede cambiar de empleo.
Los jubilados no eligieron llegar a esta etapa de la vida dependiendo de un haber que muchas veces no alcanza.
Pero un jubilado no tiene el lujo del tiempo. Cada mes perdido es un mes que no vuelve. Cada invierno sin calefacción no vuelve. Cada cumpleaños que pasa con preocupaciones económicas no vuelve. Cada tratamiento médico postergado puede significar una oportunidad perdida para cuidar la salud.
Y por eso este debate no puede limitarse solamente a las planillas de Excel. Debe incluir algo mucho más importante. La dignidad humana. Porque un país verdaderamente grande no es solamente el que ordena sus cuentas. Es el que también protege a quienes construyeron ese país con décadas de trabajo, esfuerzo y sacrificio.
Nuestros jubilados no piden privilegios. No piden regalos. No piden compasión. Piden algo mucho más sencillo. Respeto. Reconocimiento. Y la posibilidad de vivir con la tranquilidad que se ganaron durante toda una vida de trabajo.
Quizás dentro de algunos años los historiadores analicen este tiempo y discutan si las decisiones económicas fueron correctas o equivocadas. Pero hay algo que ningún libro de historia podrá devolver. El tiempo perdido por quienes ya no tienen tiempo para esperar.
Por eso, desde este humilde espacio que llamamos "La Voz del Jubilado", queremos hacer una reflexión serena. Ordenar la economía puede ser una necesidad. Pero jamás debería significar perder de vista a las personas. Porque detrás de cada jubilación hay una historia. Hay años de esfuerzo. Hay sueños. Hay una familia. Hay una vida entera. Y ningún equilibrio económico estará completo si se alcanza dejando de lado precisamente a quienes ayudaron a construir esta Nación. Amigos... No sé si todos tendremos la misma respuesta a la pregunta con la que comenzamos este editorial. Pero sí sé una cosa. Nunca dejemos de hacerla. Porque una sociedad que deja de preguntarse cómo viven sus jubilados corre el riesgo de dejar de preguntarse qué clase de sociedad quiere ser.
Y nosotros, desde este micrófono, vamos a seguir haciéndolo. Con respeto. Con firmeza. Sin violencia. Sin banderas partidarias. Pero con la convicción de que defender la dignidad de nuestros mayores nunca será un gasto. Será siempre la mejor inversión que puede hacer una Nación. Muchas gracias.
Comentarios
0Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales.
Iniciá sesión para dejar tu comentario
Iniciar sesiónCargando comentarios...
Denunciar comentario