12 de agosto de 2026
por
Victorio Pirillo, Secretario General del Sindicato de Trabajadores Municipales de Vicente López
La
duda deja de ser una virtud cuando el poder consigue convertirla en culpa.
Desde ese instante el pensamiento deja de ser un ejercicio de libertad para
transformarse en un acto de obediencia. No hace falta encarcelar a todos los
disidentes ni clausurar cada palabra incómoda. Ese método pertenece a los
viejos autoritarismos. El poder contemporáneo ha perfeccionado la técnica: ya
no prohíbe pensar, simplemente enseña qué debe pensarse y quien se aparta del
libreto deja de ser un ciudadano para convertirse en sospechoso.
La
censura moderna no necesita uniformes ni decretos. Se presenta maquillada de
consenso, de corrección moral y de responsabilidad institucional. Lo
verdaderamente peligroso no es el silencio impuesto, sino el silencio
voluntario de una sociedad que termina vigilándose a sí misma mientras cree
ejercer su libertad.
Todo
régimen necesita fabricar enemigos. Ayer fueron los bárbaros, luego los
herejes, más tarde los subversivos; hoy basta con construir un adversario
funcional que monopolice la indignación pública. Mientras la sociedad consume
el escándalo cuidadosamente diseñado, el verdadero poder avanza sin resistencia
sobre la economía y la riqueza de una nación, la justicia, la cultura y la
conciencia colectiva. La cortina de humo jamás fue un accidente: es una
herramienta de gobierno.
Las
crisis tampoco siempre son fatalidades. Muchas veces son administradas,
amplificadas o directamente provocadas para instalar el miedo suficiente que
justifique decisiones previamente elaboradas. El temor es el mejor arquitecto
de la resignación. Un pueblo asustado acepta aquello que jamás admitiría en
tiempos de serenidad.
Entonces
aparece la gran ficción contemporánea: la ilusión de elegir. Se invita al
ciudadano a votar, opinar y discutir dentro de un espacio previamente
delimitado por quienes controlan el poder económico, político y comunicacional.
Se celebra una libertad que rara vez cuestiona los límites que otros fijaron de
antemano. Se cambia de discurso, de candidatos y de consignas, pero el
mecanismo permanece intacto. Como un hámster que corre convencido de avanzar,
la sociedad agota sus fuerzas dentro de una rueda diseñada para que nunca
llegue a ninguna parte.
La
mentira ya no intenta ocultar la verdad: pretende reemplazarla. Se produce tal
cantidad de versiones, interpretaciones y relatos que la verdad termina
pareciendo apenas una opinión más. Cuando finalmente emerge un dato
irrefutable, ya nadie sabe distinguirlo de la propaganda. Ese es el triunfo
definitivo del poder: no convencer, sino confundir.
Las
palabras también han sido secuestradas. "Libertad", "democracia", "república",
"justicia", "derechos", conceptos nobles vaciados de contenido y convertidos en
simples herramientas publicitarias. Se invocan para justificar exactamente lo
contrario de aquello que significan. Así, la obediencia deja de ser una
imposición y pasa a ser un acto voluntario. El ciudadano termina defendiendo
con fervor las mismas estructuras que limitan su dignidad.
Durante
más de cuatro décadas, Argentina ha padecido una degradación política
sistemática. Gobiernos de distintos signos prometieron refundaciones mientras
administraban el mismo modelo de concentración económica, endeudamiento,
dependencia y deterioro institucional. Cambiaron los nombres, las banderas y
los discursos. Permanecieron intactos los privilegios de las minorías que nunca
abandonaron el verdadero poder. La usura y las empresas pueden moverse con
libertad, los pueblos no. La esclavitud en absoluto no fue eliminada ni
suprimida solo fue redefinida
La
decadencia nacional no puede atribuirse únicamente a la ineptitud de algunos
dirigentes. También es consecuencia de una sociedad a la que se la acostumbró a
elegir administradores del fracaso en lugar de constructores del futuro. La
política dejó de ser una herramienta de transformación para convertirse,
demasiadas veces, en un sofisticado mecanismo de administración de la
resignación.
El
drama argentino no consiste solamente en haber sido gobernado por dirigentes
mediocre y pendencieros, lo verdaderamente trágico es que esa mediocridad haya
dejado de escandalizar. Cuando un pueblo naturaliza el deterioro, cuando acepta
como inevitable la degradación moral, intelectual y económica, el poder ya no
necesita imponerse por la fuerza: gobierna desde la costumbre.
Y
no existe esclavitud más perfecta que aquella en la que los propios esclavos
agradecen las cadenas creyendo que son alas.
Muchos,
sin respaldo alguno, le atribuyen a Winston Churchill la siguiente frase: "la
principal diferencia entre los humanos y los animales es que los animales nunca
permitirían que los lidere el más estúpido de la manada". A grandes vistas
sería el caso de los últimos 50 años en la República Argentina.
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