16 de agosto de 2026

Economía

Economía. Colectivos en baja: el boleto subió y los pasajeros desaparecen

El uso del transporte público automotor cayó un 19,1% en julio y el impacto fue más fuerte en las líneas bonaerenses. Los domingos muestran el mayor recorte, una señal de que las familias limitan cada vez más sus traslados no esenciales.

Los colectivos del AMBA transportan cada vez menos pasajeros en medio de un fuerte aumento del boleto, con tarifas que en algunas jurisdicciones subieron muy por encima de la inflación. En julio, el transporte público automotor registró 128,1 millones de transacciones, contra 146,1 millones del mismo mes de 2025, lo que marcó una caída interanual de 19,1%.

El dato, difundido por la Asociación Argentina de Empresarios del Transporte Automotor, expone el impacto directo del encarecimiento del viaje sobre los usuarios del área metropolitana. La caída no se limita a los días laborales: también golpea con fuerza los fines de semana, cuando muchas familias recortan salidas, visitas y actividades de ocio.

Colectivos del AMBA: caída de pasajeros y tarifas en alza

El retroceso en la cantidad de viajes muestra una relación cada vez más tensa entre transporte, ingresos y costo de vida. Mientras los salarios intentan recomponerse frente a la inflación, el boleto aumentó a una velocidad mucho mayor en buena parte del AMBA.

En la Ciudad de Buenos Aires, la tarifa pasó de $488,70 a $820,99, con un incremento interanual de 67,99%. En las líneas de la provincia de Buenos Aires, el salto fue mucho más fuerte: de $489,61 a $1.063,98, una suba de 117,31%.

Las líneas nacionales, que unen ambas jurisdicciones, tuvieron un aumento de 64,69%, al pasar de $451,01 a $742,81. En todos los casos, el incremento quedó por encima de una inflación anualizada cercana al 33%, pero el golpe más duro aparece en el conurbano bonaerense.

El Conurbano, el más afectado por la baja de viajes

La caída no fue pareja. En los días hábiles, las líneas de CABA registraron una retracción de 7,2%, mientras que las líneas que operan exclusivamente en provincia de Buenos Aires tuvieron una baja de 22,6%.

La diferencia expone una brecha social y territorial. El pasajero bonaerense suele recorrer distancias más largas, combinar medios de transporte y destinar una parte mayor de sus ingresos al traslado cotidiano. Por eso, cuando el boleto sube con fuerza, el ajuste aparece primero en la periferia.

El aumento del pasaje en PBA, que superó el 117% interanual, profundiza esa presión. En la práctica, viajar en colectivo se volvió mucho más caro para sectores que dependen del transporte público para trabajar, estudiar, hacer trámites o sostener vínculos familiares.

Los domingos, el mayor recorte de movilidad

El informe muestra que la crisis de movilidad no se limita al traslado laboral. En los días hábiles, la caída promedio de usuarios fue de 17,3%, pero los domingos el desplome llegó al 35,8%.

Ese dato es especialmente relevante porque habla de un cambio en la vida cotidiana. El promedio diario de pasajeros los domingos pasó de 3,18 millones a 2,04 millones. Los sábados también mostraron una baja fuerte, con una reducción de 21,3% en los viajes.

El recorte de movilidad durante fines de semana indica que muchas familias usan el transporte público solo para lo indispensable. Cuando el boleto pesa más en el presupuesto, las salidas recreativas, las visitas familiares y las actividades de esparcimiento quedan en segundo plano.

El costo mensual del transporte golpea a los hogares

El encarecimiento del boleto tiene impacto directo en las cuentas familiares. Según estimaciones del Instituto Interdisciplinario de Economía Política, el gasto promedio mensual de un hogar del AMBA destinado exclusivamente al transporte público pasó de $69.783 a $121.031 en un año.

La suba fue de 73%, una cifra que muestra cómo el transporte dejó de ser un gasto menor dentro del presupuesto mensual. Para hogares que combinan varios viajes diarios, el costo del colectivo puede convertirse en una barrera concreta de movilidad.

El problema no es solo económico. Cuando una familia empieza a restringir viajes, también reduce acceso a empleo, educación, salud, recreación y redes de cuidado. La tarifa, entonces, deja de ser una discusión técnica y se convierte en una variable social.

Menos pasajeros y menos kilómetros recorridos

La caída de usuarios también vino acompañada por una reducción de la oferta. Los kilómetros recorridos por las unidades bajaron 8,9%, al pasar de 28,6 millones a 26,1 millones.

La baja de kilómetros fue menor que la caída de pasajeros, lo que derivó en colectivos con menor ocupación promedio. Ese dato plantea otro dilema para el sistema: si hay menos usuarios, cae la recaudación; si se recortan frecuencias, empeora el servicio y puede profundizarse la pérdida de pasajeros.

El equilibrio es delicado. Un transporte público más caro y con menor demanda puede entrar en una dinámica negativa, donde cada aumento empuja a más usuarios a viajar menos o buscar alternativas.

Tarifas, subsidios y acceso al transporte

El aumento del boleto forma parte de una política de reducción de subsidios y traslado de costos hacia los usuarios. El Gobierno busca ordenar las cuentas públicas, pero el impacto concreto se siente en los hogares que dependen del colectivo como principal medio de movilidad.

En términos económicos, el sinceramiento tarifario puede mejorar la ecuación fiscal. En términos sociales, encarece un servicio básico para millones de personas. La discusión de fondo es cómo combinar sostenibilidad del sistema, calidad del servicio y accesibilidad para los usuarios.

El caso del AMBA es especialmente sensible porque concentra una parte central de los viajes urbanos del país. Cada modificación tarifaria tiene impacto masivo y se expresa rápidamente en la cantidad de pasajeros transportados.

El boleto como límite al consumo y al movimiento

La baja de viajes en colectivos del AMBA muestra una señal clara sobre el poder adquisitivo. No se trata solo de usuarios que cambian de medio de transporte, sino de personas que directamente reducen traslados.

Ese fenómeno tiene un efecto silencioso pero profundo: menos viajes para comprar, visitar familiares, hacer actividades recreativas o moverse dentro del conurbano. La movilidad urbana funciona como termómetro del bolsillo y también como indicador de integración social.

Cuando el boleto sube más rápido que los ingresos, la ciudad se vuelve más cara de habitar. Y cuando viajar se transforma en un gasto a cuidar, el impacto excede al transporte: llega al comercio, al trabajo informal, a la vida barrial y al tiempo libre.

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