10 de septiembre de 2026
Los atrasos en créditos corporativos saltaron de 0,7% a 3,7% desde fines de 2024. Construcción, comercio y textiles aparecen entre los sectores más afectados por el deterioro financiero.
La morosidad empresaria se multiplicó por cinco y encendió una señal de alerta sobre la situación de las pymes argentinas. El deterioro del crédito corporativo empieza a aparecer como uno de los datos más sensibles de la economía real, en un escenario de recuperación desigual, caída del consumo en varios rubros y endurecimiento de las condiciones bancarias.
Según un informe de la consultora Equilibra, el 3,7% de los préstamos otorgados a empresas ya registra atrasos superiores a 90 días, cuando ese indicador era de apenas 0,7% a fines de 2024. Aunque el nivel todavía está por debajo del pico de 8,1% registrado durante la crisis de 2020, la velocidad del deterioro genera preocupación en bancos, consultoras y sectores productivos.
El aumento de la mora aparece después de una fuerte expansión del financiamiento bancario a las empresas. Desde la llegada de Javier Milei al Gobierno, el crédito corporativo pasó del 5,7% al 9,8% del PBI, impulsado sobre todo por los préstamos en dólares, que ya representan más de un tercio del total.
Ese crecimiento del crédito funcionó como una herramienta de financiamiento para muchas compañías en medio de un escenario de tasas, costos y demanda inestable. Pero ahora la foto empieza a mostrar un problema de fondo: cada vez más firmas tienen dificultades para cumplir con sus compromisos.
La señal preocupa porque la mora empresaria suele aparecer con rezago. Primero se estiran pagos a proveedores, luego se difieren impuestos y recién después llegan los incumplimientos bancarios. Cuando el problema aparece en los balances de los bancos, la tensión en la cadena de pagos ya suele estar instalada.
El deterioro no golpea a todos los sectores por igual. El informe marca una economía partida entre rubros que lograron adaptarse al nuevo escenario y actividades que siguen muy expuestas al consumo interno, la obra privada y la caída de ventas.
Entre los sectores con menor mora aparecen minería, energía y servicios financieros, con niveles de incumplimiento inferiores al 0,5%. Son áreas que se beneficiaron por inversiones, exportaciones, precios relativos o mayor acceso al financiamiento.
En el otro extremo están la construcción y el comercio, con tasas de mora de 7,7% y 6,5%, respectivamente. La industria manufacturera se ubica cerca del promedio, pero con diferencias muy marcadas entre ramas.
El caso más delicado es el del sector textil y cuero, donde la mora alcanza el 14,6%, el registro más alto dentro del entramado fabril. En cambio, terminales automotrices y fabricantes de transporte muestran un incumplimiento de apenas 0,4%.
El mayor foco de alarma está en las empresas más chicas. La irregularidad de pagos se concentra casi exclusivamente en las pymes, que tienen menos espalda financiera, menor acceso a financiamiento barato y más exposición a la caída del consumo.
La mora varía según el tamaño del crédito. Entre las empresas con préstamos inferiores a $5 millones, el incumplimiento llega al 9,3%. En los créditos de entre $5 millones y $200 millones, baja al 7,6%. En las firmas de mayor tamaño, el ratio es mucho más bajo y se ubica en 1,8%.
El dato confirma una tendencia clara: cuanto más pequeña es la empresa, mayor es la probabilidad de atraso. Para muchas pymes, el crédito funciona como puente para sostener capital de trabajo, pagar sueldos, cubrir insumos o financiar cheques. Cuando ese puente se encarece o se corta, la presión sobre la operación cotidiana aumenta.
El deterioro también se observa en la cantidad de compañías afectadas. En apenas dos años, las empresas con deudas en situación irregular pasaron de 16.200 a casi 37.500 CUITs, lo que equivale al 13,4% del universo de firmas endeudadas.
El dato muestra que el problema no está concentrado solo en algunos casos grandes, sino que se extiende sobre una base amplia del entramado productivo. Entre las pymes que operan con avales de Sociedades de Garantía Recíproca, los casos en mora prácticamente se triplicaron.
Esa dinámica genera un riesgo adicional para la cadena de pagos. Si más empresas empiezan a atrasarse con bancos, proveedores o impuestos, el problema puede trasladarse de una firma a otra y afectar a sectores completos.
El Observatorio PyME detectó que los atrasos en pagos a proveedores, impuestos y bancos se duplicaron entre el tercer trimestre de 2025 y el segundo trimestre de 2026. La secuencia muestra cómo las empresas administran el estrés financiero antes de caer en mora bancaria.
El 17,3% de las firmas reconoce atrasos en obligaciones impositivas, el 15,3% demora pagos a proveedores y el 8,6% registra atrasos financieros. El orden no es casual: las empresas suelen evitar incumplir con los bancos hasta último momento para no perder acceso al crédito.
Ese comportamiento revela que la presión ya no se limita al sistema financiero. También alcanza a la recaudación tributaria, la relación entre empresas y la actividad diaria de proveedores, distribuidores y comercios.

A medida que sube la mora, los bancos tienden a endurecer condiciones para otorgar nuevos préstamos. Eso puede traducirse en tasas más altas, mayores exigencias de garantías, menores plazos y más selectividad para aprobar líneas de financiamiento.
El problema es que esa reacción puede profundizar la dificultad de las pymes. Si las empresas más chicas enfrentan caída de ventas, costos elevados y menos acceso al crédito, el margen para sostener empleo, inversión y producción se reduce.
En términos económicos, la mora empresaria funciona como un termómetro de la actividad. No solo refleja problemas de pago, sino también la capacidad real de las compañías para generar ingresos suficientes en un contexto de recuperación despareja.
El aumento de la morosidad empresaria complica la narrativa económica del Gobierno de Javier Milei. La baja de la inflación sigue siendo el principal argumento oficial, pero el deterioro financiero de las pymes muestra que la estabilización todavía no llega de forma homogénea al tejido productivo.
El dato es sensible porque conecta tres variables de alto impacto social: crédito, empleo y consumo. Una pyme que se atrasa en sus pagos puede recortar compras, suspender inversiones, demorar salarios, achicar personal o directamente cerrar.
Para la Casa Rosada, el desafío será evitar que la mejora de algunos indicadores macroeconómicos conviva con un deterioro creciente en sectores productivos de menor escala. La discusión económica puede pasar cada vez más de la inflación al crédito, la actividad y la supervivencia empresarial.
La evolución de la mora será seguida de cerca por bancos, consultoras, cámaras empresarias y el equipo económico. Si el nivel de incumplimientos sigue subiendo, el sistema financiero podría volverse más restrictivo y agravar el problema de capital de trabajo para las pymes.
También será clave observar si la actividad muestra una recuperación más pareja en construcción, comercio e industria. Sin una mejora sostenida de ventas y producción, el deterioro de la cadena de pagos puede seguir avanzando.
Por ahora, el dato económico es claro: la morosidad empresaria se quintuplicó desde fines de 2024 y las pymes aparecen como el sector más expuesto al deterioro del crédito y la tensión financiera.
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