11 de septiembre de 2026
El sistema financiero logró compensar el salto de las deudas impagas con tasas más altas. Familias y empresas enfrentan más dificultades para pagar, mientras el crédito se vuelve más caro y selectivo.
Los bancos en Argentina embolsaron $16,1 billones por intereses netos en el acumulado 2025-2026, el mismo monto que registraron en cargos por deuda incobrable. El dato expone una tensión central de la economía: mientras crece la morosidad de familias y empresas, el sistema financiero logró sostener sus resultados gracias a tasas más altas.
La foto muestra un contraste cada vez más visible. De un lado, hogares endeudados, créditos personales en tensión y mayores incumplimientos. Del otro, entidades financieras que absorbieron el deterioro de sus carteras sin registrar un golpe equivalente en sus balances.
Aunque la mora del crédito se disparó durante los últimos dos años, los bancos consiguieron equilibrar el impacto mediante el margen de intermediación financiera. En términos simples, ganaron por la diferencia entre lo que cobran por préstamos y lo que pagan por depósitos.
Según los datos citados en el informe, la morosidad bancaria pasó de menos del 2% a casi 8% en dos años. En el crédito no bancario, el deterioro fue todavía más fuerte: la mora superó el 30%.
En las familias, el último dato del Centro de Economía Política Argentina ubicó la mora en 12,8% durante el segundo trimestre, por encima del 11,6% del trimestre anterior. En préstamos personales, el incumplimiento llegó al 16,4% en junio.
El punto clave es que la morosidad no desapareció de los balances. Fue reconocida mediante cargos por incobrabilidad, pero el negocio financiero siguió generando ingresos suficientes para neutralizar el golpe. La frase que sintetiza el cuadro es contundente: "Los bancos se recuperan, las familias no".
El fenómeno aparece vinculado al aumento de las tasas reales de interés. Desde junio de 2024, la tasa real de los préstamos personales promedió 3,4% mensual, equivalente a cerca del 49% anual en términos reales. Entre 2017 y 2023, ese promedio había sido de 0,8% mensual, alrededor de 10% anual.
Ese salto encareció el crédito y agravó el peso de las cuotas sobre los ingresos. En ese contexto, una parte creciente del aumento de la deuda no se explica por nuevos préstamos, sino por los intereses acumulados sobre obligaciones ya existentes.

El avance de la mora también está cambiando la conducta de las entidades. Frente al mayor riesgo de impago, los bancos redujeron el otorgamiento de nuevos préstamos y comenzaron a seleccionar con más cuidado a quién financian.
La dinámica tiene impacto directo sobre la reactivación que busca el equipo económico de Javier Milei y el ministro Luis Caputo. Sin crédito accesible, el consumo se enfría y las familias con deudas quedan atrapadas entre cuotas altas, ingresos ajustados y menor margen para refinanciar.
El vicepresidente del Banco Central, Vladimir Werning, reconoció que las tasas que cobran los bancos siguen elevadas y contribuyen al aumento de la mora. También reclamó a las entidades que absorban pérdidas y refinancien deudas a plazos más largos y tasas más bajas.
El debate se abrió dentro de la propia autoridad monetaria. El Banco Central no avanzó con topes regulatorios, pero sí envió una señal política al sistema financiero: las entidades deberán administrar el deterioro crediticio sin esperar asistencia estatal.
En paralelo, el Banco Nación anunció una baja en la tasa de refinanciación de deudas, del 35% al 29%, como intento de aliviar la carga mensual sobre los deudores. La medida aparece como una respuesta parcial frente a un problema que ya excede a casos aislados y empieza a afectar el acceso general al financiamiento.
El trasfondo es político y económico. El Gobierno sostiene una estrategia de desregulación financiera, pero el aumento de la mora obliga a mirar el costo social de tasas altas en hogares, comercios y empresas. Si el crédito se vuelve más restrictivo, la recuperación de la actividad puede encontrar un nuevo límite.
La combinación de tasas altas, mora creciente y bancos más selectivos puede derivar en un sistema de crédito más chico y más caro. Para las familias, eso implica menos acceso a préstamos personales, refinanciaciones más difíciles y mayor presión sobre ingresos ya golpeados por el ajuste.
Para las empresas, especialmente pymes y comercios, el endurecimiento del crédito puede afectar capital de trabajo, inversión y consumo. Y para el Gobierno, el riesgo es que una economía que necesita financiamiento para reactivarse quede condicionada por la cautela bancaria y el deterioro de la capacidad de pago.
La banca, por ahora, logró compensar el salto de los incumplimientos. Pero el aumento de la morosidad en Argentina deja una señal de alerta: el problema puede no estar en los balances de los bancos, sino en la capacidad real de familias y empresas para sostener sus deudas.
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