13 de septiembre de 2026
Las exportaciones argentinas crecieron 22,9% entre enero y julio y el saldo comercial superó los US$16.000 millones. El petróleo, el litio y la minería explican buena parte del salto, aunque los precios internacionales ponen un signo de interrogación hacia el año próximo.
El superávit comercial argentino se cuadruplicó entre enero y julio de 2026 y superó los US$16.000 millones, impulsado por un fuerte crecimiento de las exportaciones y una baja de las importaciones. El dato marca una mejora relevante para la macroeconomía del Gobierno de Javier Milei, pero también abre una pregunta clave: cuánto de este boom exportador puede sostenerse en 2027.
Según un informe de LP Consulting, las exportaciones de bienes superaron los US$58.000 millones en los primeros siete meses del año, con una suba del 22,9% frente al mismo período de 2025. En paralelo, las importaciones cayeron 3,5%, lo que permitió multiplicar por más de cuatro el saldo comercial de un año atrás.
El resultado aparece como una de las señales más positivas para la economía argentina en 2026. En un país históricamente condicionado por la escasez de dólares, la mejora del saldo comercial le da al Gobierno un margen mayor para acumular reservas, ordenar pagos externos y reducir presiones cambiarias.
Pero el informe advierte que la foto general tiene matices. El crecimiento exportador no responde a una sola causa, sino a una combinación de mayores cantidades vendidas al mundo y mejores precios internacionales. Esa diferencia es central para medir la sostenibilidad del proceso.
De los aproximadamente US$10.900 millones adicionales exportados este año, cerca de US$5.000 millones responden a mayores volúmenes físicos, mientras que algo más de US$5.000 millones se explican por mejores precios internacionales. La Argentina exportó más, pero también cobró más caro por parte de lo que vendió.
El dato más fuerte del informe es que el boom exportador de 2026 no tuvo al agro como principal protagonista. A diferencia de otros ciclos, el impulso central vino de energía y minería, dos sectores que ganan peso en la matriz exportadora argentina.
Las exportaciones de petróleo crudo crecieron 59% interanual y llegaron a US$5.722 millones, aportando por sí solas casi una quinta parte de todo el crecimiento exportador del país. Ese desempeño ubica a Vaca Muerta como una de las principales fuentes de divisas de la economía argentina.
A ese salto se sumó el desempeño del oro, con cerca de US$975 millones adicionales, impulsados casi por completo por el precio internacional, y del litio, que aportó US$760 millones gracias a mejores cotizaciones y a un aumento de casi 60% en las cantidades vendidas. Entre combustibles, energía y manufacturas industriales se explica el 57% del incremento exportador del año.
El campo también tuvo un papel relevante, aunque no fue el principal motor del salto. Las exportaciones agroindustriales alcanzaron un récord de 74 millones de toneladas en siete meses, con un fuerte crecimiento del trigo, que exportó 53% más en cantidades pese a precios 9% inferiores.
El problema es que buena parte de ese desempeño aparece asociado a una campaña excepcional. Según el informe, las condiciones climáticas favorables ayudaron a consolidar un resultado muy alto, pero justamente por ese carácter extraordinario no hay garantías de que pueda repetirse con la misma intensidad.
El complejo sojero, históricamente clave para las exportaciones argentinas, tuvo una incidencia menor en el crecimiento total. Harina, pellets y aceite de soja explicaron en conjunto apenas unos US$300 millones del incremento exportador del año.
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La pregunta de fondo es qué parte del superávit comercial puede sostenerse hacia 2027. El informe plantea señales mixtas. Del lado agrícola, las proyecciones para la campaña 2026/27 anticipan una producción de trigo y un saldo exportable inferiores a los del ciclo actual, junto con cierta normalización en maíz.
La Bolsa de Cereales de Rosario estima una caída cercana al 5% en el volumen de la próxima campaña gruesa, en un escenario condicionado además por El Niño. Si ese pronóstico se confirma, el agro podría aportar menos divisas que en 2026.
El otro riesgo está en los precios internacionales. Parte de la mejora registrada en petróleo, oro y otros commodities puede revertirse parcial o totalmente, porque depende de mercados globales que la Argentina no controla. Allí aparece el principal límite de la foto actual: el saldo comercial mejoró, pero una porción importante del salto está atada a variables externas.
El contrapeso más firme está en energía y minería. La producción petrolera argentina, empujada por Vaca Muerta, tiene una trayectoria de expansión que no depende únicamente del precio internacional. Lo mismo ocurre con el litio, donde el aumento de la oferta física puede sostener mayores volúmenes exportados incluso si las cotizaciones muestran volatilidad.
Ese cambio tiene impacto económico y político. Si energía y minería consolidan su expansión, la Argentina podría reducir su dependencia histórica del ciclo agropecuario y construir una fuente más diversificada de dólares. Para el Gobierno, ese escenario sería clave para sostener reservas, estabilidad cambiaria y expectativas de inversión.
Sin embargo, el desafío será evitar que el superávit comercial dependa solo de precios altos o de campañas agrícolas extraordinarias. La sostenibilidad hacia 2027 requerirá más producción, infraestructura, inversiones logísticas, reglas estables y capacidad para transformar recursos naturales en exportaciones sostenidas.
El boom de 2026 ofrece una señal favorable, pero no resuelve por sí solo los problemas estructurales de la economía argentina. La energía aparece como el nuevo motor exportador, aunque la verdadera prueba será comprobar si ese impulso alcanza para sostener el saldo comercial cuando el agro vuelva a niveles normales y los precios internacionales dejen de jugar a favor.
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