7 de octubre de 2026
por
Alejandro Olmos
Todos miraron al cielo esperando emocionarse con Messi. Apareció una publicidad. Sancor Seguros consiguió alcance, viralidad y conversación. Pero dejó abierta una pregunta mucho más importante para cualquier marca: ¿qué sintió la gente cuando la vio?
Hay una frase bastante conocida en el mundo de la televisión: no existe la mala prensa. Que hablen. Bien o mal, pero que hablen. Puede funcionar para un personaje mediático, para un cantante, para un participante de un reality e incluso para algún político. Pero ¿funciona igual para una compañía de seguros? Creo que no. Porque el principal patrimonio de una aseguradora no está solamente en sus edificios, sus balances o la cantidad de pólizas que emite. Está en un lugar mucho más difícil de construir y mucho más fácil de destruir: la mente del consumidor.
Una
aseguradora vende seguridad. Vende tranquilidad. Vende confianza. Cada mes
millones de personas entregan parte de su dinero a una compañía a cambio de
algo que ni siquiera pueden tocar: una promesa. Si algún día pasa algo, vamos a
estar. Por eso resulta tan interesante analizar lo ocurrido en el estadio de
River Plate durante la despedida de Lionel Messi. Porque quizás estemos frente
a uno de esos casos que dentro de algunos años se estudien en las facultades de
marketing. Y no precisamente por la tecnología de los drones.
La
escena estaba preparada. Messi en el campo. El Monumental. Miles de argentinos
en las tribunas. Millones mirando por televisión, streaming y redes sociales. Y
de repente había que mirar hacia arriba. Al cielo. ¿Qué esperaba la gente?
Probablemente la camiseta número 10. Las tres estrellas. La Copa del Mundo. Una
imagen de Messi. Un "Gracias, Capitán". Algo capaz de cerrar emocionalmente una
historia que acompañó durante décadas a millones de argentinos.
Porque
aquello no era simplemente el final de un partido. Era un duelo. La despedida
de Lionel Messi de la Selección toca un lugar emocional profundamente instalado
en varias generaciones de argentinos. Había gente preparada para llorar.
Entonces miraron al cielo. Y apareció SANCOR SEGUROS.
Durante
unos segundos ocurrió algo extraordinario desde el punto de vista publicitario:
miles de personas fueron conducidas a mirar una marca al mismo tiempo. Pero
también ocurrió algo extraordinario desde el punto de vista emocional:
muchísimas de ellas se enojaron. Los silbidos bajaron desde las tribunas.
Después llegaron las redes sociales, los memes, las críticas y la incredulidad.
Una compañía que seguramente realizó una inversión enorme para ocupar uno de
los momentos de mayor atención del año consiguió una visibilidad
extraordinaria, pero abrió al mismo tiempo una discusión mucho más profunda:
¿de qué sirve que todos vean una marca si la emoción que provoca es exactamente
la contraria a la que esa marca necesita construir?
Philip
Kotler, considerado uno de los padres del marketing moderno, desarrolló una
concepción que parece sencilla pero que muchas veces olvidamos: el marketing es
un proceso mediante el cual las personas obtienen aquello que necesitan y
desean a través de la creación y el intercambio de valor. Y la palabra
fundamental es valor.
Marketing
no es poner un logo delante de millones de personas. Eso es exposición.
Marketing tampoco es conseguir millones de impresiones. Eso es alcance.
Marketing es comprender a las personas. Qué quieren. Qué necesitan. Qué
sienten. Qué esperan. Qué les falta. Por eso las compañías gastan fortunas en
investigaciones de mercado, focus groups, neuromarketing, encuestas, Big Data,
inteligencia artificial, estudios cualitativos, segmentaciones y análisis del
comportamiento. Todo para intentar responder una pregunta antiquísima: ¿qué
pasa por la cabeza del consumidor?
Y
quizás aquella noche faltó formular una pregunta mucho más sencilla: ¿qué
espera sentir una persona cuando mira al cielo durante la despedida de Messi?
Todos conocemos esa sensación. Estás mirando una película. Llegó la escena más importante. El protagonista está por descubrir algo que esperaste durante dos horas. Se abre una puerta. La música sube. Está por ocurrir. Y de repente: publicidad. Te molesta. Pero la bancás. Porque es televisión. Esperás y la película vuelve. El problema es que la despedida de Messi no era una película y mucho menos una tanda publicitaria. Era un momento irrepetible. No había replay emocional. No había otra primera vez para mirar ese cielo. Y alguien decidió colocar una publicidad exactamente ahí.
Messi se retiró de la selección argentina luego de más de dos décadas.
Hay
algo que algunas compañías parecen olvidar: las marcas tienen vida. Tienen
personalidad. Tienen memoria. Y, sobre todo, provocan emociones. Coca-Cola
intenta hacernos sentir felicidad. Nike, superación. Disney, magia. Una
compañía de seguros debería hacernos sentir seguridad. Entonces hagamos el
ejercicio más elemental de marketing: ¿qué hizo sentir Sancor Seguros aquella
noche? ¿Seguridad? ¿Tranquilidad? ¿Confianza? ¿O invasión, enojo, frustración y
decepción?
Porque
hubo algo particularmente delicado: la gente no levantó la cabeza simplemente
para mirar una publicidad. Esperaba otra cosa. Y ahí aparece un problema mucho
más profundo para una compañía cuyo negocio está construido alrededor de la
confianza. Una aseguradora no debería sorprenderte de esa manera porque su
producto, en esencia, consiste exactamente en lo contrario: que cuando llegue
el momento suceda aquello que te prometieron.
Probablemente
dentro de Sancor Seguros alguien esté mostrando números. Millones de
visualizaciones. Miles de menciones. Tendencias en X. Reproducciones. Earned
media. Alcance orgánico. Y posiblemente todos esos números sean espectaculares.
Pero falta un indicador. Quizás el más importante: ¿qué sintió la gente?
Porque
podés conseguir millones de impresiones y deteriorar una sola impresión: la que
importa, la impresión mental que deja la marca.
Después
la conversación se trasladó a las redes sociales. Las críticas crecieron y
Sancor Seguros terminó restringiendo comentarios en publicaciones de su cuenta
de Instagram. Y esa escena también merece ser estudiada. Primero invertís para
conseguir que millones de personas hablen de vos y después necesitás limitar lo
que esas mismas personas dicen en tu propia cuenta. Algo evidentemente ocurrió
de una manera diferente a la imaginada.
Pero
aquella noche sucedió además otro fenómeno que me parece fascinante y que
excede por completo a Sancor Seguros. La transmisión tradicional tenía pauta
publicitaria de la compañía y prácticamente no se detuvo sobre la reacción que
estaba generando el espectáculo de drones. Mientras tanto, en el nuevo
ecosistema digital ocurría otra cosa. Streamers e influencers mostraban la
escena, se reían, no podían creer lo que estaban viendo y comentaban la
situación con una libertad y una espontaneidad mucho más parecidas a las de las
personas que estaban del otro lado de la pantalla.
Ahí
hay otro cambio enorme que las marcas deberían mirar. Durante décadas los
medios tuvieron anunciantes. Ahora las audiencias también tienen medios. Y cada
vez distinguen mejor cuándo alguien les está hablando y cuándo alguien
simplemente les está vendiendo. La televisión tradicional todavía conserva
estructuras en las que el anunciante tiene un peso considerable. El streaming
rompió parte de ese contrato. Un creador puede mirar una acción publicitaria
que costó una fortuna y preguntar delante de millones de personas: "¿Qué
hicieron?"
Y
entonces llegamos a la pregunta incómoda: ¿vale todo para conseguir
visibilidad? ¿Alcanza con ser tendencia? ¿Importa solamente conseguir millones
de visualizaciones? ¿Dentro de seis meses nadie recordará nada? ¿Quedará
simplemente como la anécdota de aquella noche en que una aseguradora fue
tendencia en X?
Puede
ser.
Tal
vez Sancor Seguros haya conseguido reinstalar masivamente su nombre en la mente
de millones de argentinos. También puede ocurrir que durante mucho tiempo una
parte de esas personas asocie ese nombre con aquella sensación vivida en el
Monumental. Eso solamente podrán responderlo el tiempo y los estudios de marca.
Pero
existe algo que ninguna métrica digital debería hacernos olvidar: el marketing
no consiste en entrar por la fuerza en la cabeza de las personas. Consiste en
conseguir que quieran dejarte entrar.
Forzar,
interrumpir, vender de prepo puede generar alcance. Puede generar conversación.
Puede generar tendencia. Pero no necesariamente genera valor. Y mucho menos
confianza.
Quizás
esa sea la verdadera enseñanza que dejaron aquellos drones. Porque miles de
argentinos miraron hacia arriba esperando emocionarse. Esperaban despedir a un
ídolo. Esperaban una imagen, una camiseta, una copa, una palabra. Quizás hasta
un ángel.
Pero
apareció una marca.
Y
cuando una marca promete llevarte hacia una emoción y termina provocándote
exactamente la contraria, el problema ya no es solamente publicitario. Es
marketing.
Ahora
habrá que esperar para saber qué queda cuando desaparezcan los memes, las
tendencias y los posteos. Porque los drones se apagaron en algunos minutos.
La
pregunta es cuánto tarda en apagarse una sensación.
Y
para una compañía que vende seguridad, esa pregunta debería importar mucho más
que haber sido tendencia durante una noche.
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