Angustia oral: Tips para combatir las ganas de comerse todo
En épocas de ansiedad, incertidumbre, confinamiento y aburrimiento suele crecer un monstruo insaciable dentro nuestro con una imparable atracción por la deglución. Sí, seguramente en este último tiempo tu mejor amiga haya sido la heladera. De la misma manera, el estómago también se alimenta del cansancio y el estrés, por ende, no solo hay que estar atento a lo que comemos. De hecho, los especialistas clasifican varios tipos de hambre: el físico, el emocional y el del paladar. Para aprender a diferenciarlos, María Soto Célix, integrante del Grupo de Especialización de Nutrición Clínica de la Academia Española de Nutrición y Dietética, explica que “el hambre es la necesidad fisiológica de ingerir alimentos para obtener la energía y los nutrientes que necesita el organismo, mientras que el apetito es el deseo consciente de comer algún producto concreto”.
“A la hora de querer o necesitar alimentos, hay varios aspectos que interaccionan: neurobiológicos, fisiológicos y psicológicos, señales hormonales, sensoriales, metabólicas; contracciones gástricas que llegan a generar malestar con náuseas e irritabilidad, aquí está la razón del mal humor, bajada de nivel de glicemia o glucosa en sangre, la flojera”. A continuación, te dejamos cinco tips para combatir el famoso “agujero en el estómago”:
En primer lugar, hay que conocer a qué nos enfrentamos. Ya sabemos que no hay dietas que funcionen sin el hecho de “pasar hambre”, y que cuanto antes nos quitemos los kilos adquiridos, menos se enquistarán en nuestro organismo. Como segundo paso hay que descubrir cuáles son las armas con las que contás. ¿Qué es lo que hace que subas o bajes el volumen? Los frentes se multiplican, debido a que “distintos factores modulan que nos sintamos vacíos o llenos”. “Las propias características organolépticas de los alimentos, como el color, el olor, la textura, el sabor, envían información al cerebro, que comienza a liberar señales. El sistema nervioso central recibe datos de cómo está el balance energético y lanza mensajes a los sistemas periféricos que provocan las sensaciones de hambre y saciedad”, agrega la dietista-nutricionista.
En un tercer paso se ubica la búsqueda de enemigos, es decir ¿qué hacemos que pueda empeorar esto? “Hay muchas situaciones cotidianas que aumentan o disminuyen la sensación, como el ayuno o el sueño, y también varía según el gasto energético: por la mañana se tiene menos y a mediodía, más”. Como cuarto lugar, hay que interceptar los sentidos: la vista, porque un plato bonito, brillante, jugoso y colorido, anima a disfrutar. “Con uno desagradable a los ojos, probablemente no lo hagamos porque inconscientemente lo asociamos a algo tóxico”.
Por último, es el turno del examen de conciencia. “En muchas ocasiones comemos sin hambre y la sensación de recompensa o placer que se obtiene puede dar lugar a sobreingestas. Ciertas cosas tienen un vaciado gástrico muy rápido, como las bebidas azucaradas, pudiendo hacer que no se genere sensación de saciedad”. Ahora bien, para el turno del postre, Amparo Tárrega Guillem, investigadora del Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentos del IATA/CSIC, deja dos consejos. El primero es prepararte unas buenas meriendas, o sea, ricas en fibra, ya que ayudan a evitar picar entre comidas, el segundo, tener a mano productos espesos, con texturas y sabores complejos en general, porque “parece que nos sentimos satisfechos y dejamos de comer cuando recibimos suficientes sensaciones sensoriales”.