¿Por qué le pasa lo que le pasa al gobierno de Milei?
En la política —como en la vida— no basta con gritar más fuerte. Si sembrás acusaciones, desprecio o soberbia, tarde o temprano ese mensaje vuelve multiplicado. Y eso es lo que le está sucediendo hoy al gobierno de Javier Milei: se construyó sobre un relato de enemigos, anticasta y promesas de revolución que se fue desmoronando con la velocidad de un castillo de naipes en medio del viento.
No es casualidad ni coincidencia; es el resultado inevitable de un discurso basado en el grito, la provocación y la negación constante de la realidad.
El llamado “nepotismo libertario”, con familiares y amigos en cargos estratégicos, mostró que la promesa de terminar con la casta fue apenas una fachada. La austeridad… solo para algunos. Publicar a Karina Milei viajando con Martín Menem en turista buscó mostrar sencillez, pero para millones de argentinos que no llegan a fin de mes, con alquileres imposibles, colegios por las nubes, tarifas que ahogan, medicamentos inalcanzables, jubilaciones sin aumentos, pobreza creciente y escándalos de corrupción acumulándose, ese gesto fue una burla. El mensaje fue otro: “no sentimos lo que vos sentís”.
Mientras tanto, los libertarios que creyeron en Milei hoy le están dando la espalda. Votaron por un cambio que prometía orden, menos impuestos, más obras y libertad económica, pero recibieron un país con provincias desfinanciadas, hospitales abandonados, escuelas sin recursos, rutas cerradas, subsidios a personas con discapacidad eliminados y cero respuestas para quien produce.
Y mientras el empresario pyme hace malabares para pagar sueldos, tarifas, alquileres y una carga impositiva que supera el 45% de sus ingresos, ve cómo además suben los impuestos y crecen las trabas para abrir una fábrica o comercio, como si el Estado lo empujara al ahogo mientras otros, con apellidos históricos como Menem, multiplican empresas que facturan millones al sector público.
¿El único lugar para hacer negocios en la Argentina es el Estado? ¿Eso enseña Milei? ¿Eso no es casta? Los Menem están por todos lados, ganando contratos, manejando recursos, y cuando la sociedad pregunta, no hay explicaciones. Hasta Martín Menem, en una entrevista con Laje en América, terminó desbordado, sin respuestas, con un discurso vacío que repite eslóganes mientras los hechos lo contradicen.
Y mientras todo esto ocurre, el fentanilo contaminado se llevó más de 100 vidas, la inflación devora sueldos, los jubilados esperan aumentos que nunca llegan, los subsidios para personas con discapacidad desaparecen y las promesas de campaña se vuelven humo. Lejos de las fotos con Donald Trump y de la épica del candidato furioso, Milei enfrenta un país sin plata, sin rutas, sin escuelas, sin hospitales y con una sociedad cansada de esperar soluciones reales.
Las provincias denuncian recortes que las dejan sin capacidad de pagar salarios o mantener servicios básicos. Las escuelas públicas reclaman fondos para no cerrar turnos. Los hospitales provinciales frenan obras y compran menos insumos porque Nación no gira los recursos. Y las familias con personas con discapacidad viven un calvario: sin transporte, sin becas, sin asistencia económica, con terapias canceladas porque el Estado decidió ajustar en el lugar más vulnerable.
Pero lo que encendió todas las alarmas fue el escape del conurbano: piedras, insultos, bronca. Espert huyendo en moto y sin casco en medio de un caos que ningún spot publicitario pudo tapar. Y como si fuera poco, en Corrientes también hubo incidentes que mostraron el mismo síntoma: algo en el país está cambiando y este gobierno no lo está viendo. O peor: no lo quiere ver.
Porque la bronca no viene de la nada. Viene del bolsillo vacío, de las tarifas impagables, del precio del combustible, del supermercado que asusta, de los salarios que no alcanzan para el colegio ni para la comida. La gente está empezando a decir basta, a salir a la calle, a arrojar piedras, a mostrar que la paciencia tiene límites.
Mientras tanto, los empresarios pymes —esos que arriesgan capital, generan empleo y pagan impuestos que superan casi la mitad de su facturación— miran en los portales cómo las empresas de los Menem crecen con contratos públicos. Y sienten bronca, impotencia, traición. Porque si la única forma de hacer negocios en Argentina es depender del Estado, entonces la casta está más viva que nunca.
El relato del “candidato enojado” ya no convence a nadie. Gobernar no es un TikTok ni un grito en la tele. No es acusar todos los días a periodistas mientras esos mismos periodistas destapan casos de corrupción y negligencia sanitaria. No es montar shows en redes sociales mientras el país se desangra en pobreza, abandono y falta de rumbo.
Argentina no necesita más transmisiones en vivo, ni discursos teatrales, ni enemigos inventados para justificar errores propios. Necesita respuestas concretas, decisiones reales y un gobierno que entienda que gobernar es hacerse cargo, no vivir de un relato épico que ya nadie cree.
Porque en política —como en la vida— cuando escupís para arriba, la realidad se encarga de devolvértelo en la cara. Y ese momento, para el gobierno de los Milei, llegó más rápido de lo que imaginaron.
Viva la casta, carajo.