10 de diciembre de 2025
El frágil alto el fuego entre Tailandia y Camboya volvió a colapsar tras un ataque aéreo tailandés que dejó muertos, heridos y un nuevo desplazamiento masivo en la frontera, reactivando un conflicto histórico que persiste pese al acuerdo firmado en octubre bajo mediación internacional.
El frágil alto el fuego firmado en octubre entre Tailandia y Camboya se vino abajo el último lunes, cuando aviones F-16 tailandeses bombardearon posiciones camboyanas. La ofensiva reavivó una guerra latente por más de un siglo, provocando víctimas, decenas de miles de desplazados y un nuevo éxodo masivo en la frontera.
El renacer de los combates entre Tailandia y Camboya derrumbó los esperanzadores compromisos de paz alcanzados a fines de octubre en una cumbre regional en Kuala Lumpur. Allí, los gobiernos de ambos países suscribieron un acuerdo destinado a consolidar la tregua que puso fin, apenas meses atrás, al estallido de violencia de julio. Ese conflicto había durado cinco días, dejado "varias docenas" de muertos y obligado a unos 300.000 civiles a huir. El documento firmado bajo la supervisión del entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump, prometía preservar la estabilidad, pero nunca pasó de ser un alto el fuego vulnerable.
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La calma se quebró el 8 de diciembre, cuando la fuerza aérea tailandesa envió cazas F-16 a bombardear objetivos en territorio camboyano. Las autoridades reportan hasta ahora cinco muertos y 27 heridos -aunque advierten que la cifra probablemente aumente-. El episodio provocó un éxodo masivo: centenares de miles de personas, tanto de Camboya como de Tailandia, comenzaron a desplazarse nuevamente en busca de refugio.
El gobierno de Tailandia justificó la operación como una represalia tras ataques camboyanos la noche anterior en zonas fronterizas. Camboya, en cambio, niega haber iniciado los disparos, y acusa a su vecino de agresión unilateral. En un contexto de acusaciones mutuas, la certidumbre sobre qué ocurrió primero es hoy inexistente. La disputa, sin embargo -una herencia colonial que data de la cartografía impuesta bajo el dominio francés- mantiene su vigencia, y la confrontación parece ir más allá del plano militar: ambos gobiernos buscan mostrar fortaleza interna, rehuyendo cualquier indicio de debilidad ante un rival histórico.
La tensión ya había comenzado a incrementarse un mes atrás, cuando varios soldados tailandeses resultaron heridos por la explosión de una mina en una zona limítrofe. El gobierno de Camboya adujo que se trataba de restos de la guerra civil con los Jemeres Rojos, que finalizó en 1999. Pero un equipo de observadores neutrales designado para supervisar el cumplimiento del acuerdo de paz determinó que las minas habían sido colocadas recientemente, lo que avivó las sospechas.
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En Bangkok, el primer ministro tailandés, Anutin Charnvirakul, advirtió que su país no retrocederá: "Ya hemos superado ese punto" dijo, y sentenció que si las hostilidades han de terminar, debe detenerse primero "el agresor". En las altas esferas militares de su país se habló abiertamente de una estrategia de largo plazo: debilitar permanentemente la capacidad militar de Camboya para asegurar la protección de "nuestros hijos y nietos".

El reavivamiento de las hostilidades entre ambos ejércitos provocó el éxodo de miles de ciudadanos que huyen de los combates entre el ejército camboyano y el tailandés.
Ese enfoque no es casual. El ejército tailandés -el más poderoso de los dos- sigue siendo un actor político con enorme peso. Sus generales dan respaldo al gobierno de Anutin, desconfían de la oposición y ven con expectativa una victoria contundente de éste en las elecciones generales previstas para los primeros meses de 2026. Una ofensiva prolongada no solo tendría sentido militar, sino también político: un triunfo- o al menos la apariencia de uno - reforzaría la posición del actual gobierno antes de los comicios.
Para muchos, ese cálculo de Poder explica por qué el fallido pacto de paz firmado bajo el auspicio de Trump no logró cimentar una desescalada real: porque no abordaba las causas estructurales del conflicto. La tregua había actuado como un paliativo temporal, no como una solución definitiva. Y la repetición de la guerra trae nuevamente a la superficie las profundas tensiones territoriales, diplomáticas y políticas que mantienen a Tailandia y Camboya en un limbo persistente.
El reavivamiento de los combates deja en evidencia la fragilidad de los acuerdos multilaterales cuando no van acompañados de garantías profundas. También subraya la delicada combinación de intereses nacionales, ambiciones políticas internas y disputas históricas que hoy sacuden nuevamente la frontera entre ambos países.
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