7 de agosto de 2026
por
Jorge Dimuro
Hay momentos en los que el silencio duele más que las palabras.
Y hoy, el silencio que rodea el sufrimiento de millones de jubilados argentinos se ha convertido en una de las formas más crueles de abandono.
Porque duele enfermarse. Pero duele mucho más descubrir que, cuando uno más necesita de la obra social que sostuvo durante toda una vida con su esfuerzo y con sus aportes, esa misma institución parece darle la espalda.
Durante décadas trabajamos. Nos levantamos de madrugada. Cumplimos horarios. Pagamos impuestos. Hicimos nuestros aportes mes tras mes, sin faltar nunca.
Y también lo hicieron millones de trabajadores activos, cuyos aportes siguen sosteniendo al PAMI.
El PAMI no pertenece a ningún gobierno. No pertenece a ningún funcionario. No pertenece a ningún partido político.
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La crisis en el PAMI ha desatado una ola de protestas en las distintas sedes del organismo a lo largo del país.
Por eso duele tanto cuando sentimos que nuestras necesidades dejan de ser escuchadas. Cuando un medicamento tarda.
Cuando un tratamiento se demora. Cuando un estudio se posterga. Cuando un insumo indispensable no llega.
Cuando una autorización nunca aparece.
Y mientras el reloj avanza... también avanza la enfermedad. Para un jubilado, esperar no siempre significa tener paciencia.
Muchas veces significa perder calidad de vida. Y, en algunos casos, significa perder la vida.
Lo más desgarrador es ver a personas mayores teniendo que hacer rifas, vender empanadas, organizar colectas solidarias o pedir ayuda en las redes sociales para comprar un medicamento, una prótesis, una silla de ruedas, un colchón antiescaras o el insumo que necesitan para seguir viviendo con un poco de dignidad.
¿Cómo llegamos a este punto? ¿Cómo puede ser que alguien que trabajó cuarenta o cincuenta años termine dependiendo de la caridad para acceder a un tratamiento?
No estamos pidiendo privilegios. No estamos pidiendo regalos. Estamos reclamando derechos. Los derechos que se financiaron con el esfuerzo de toda una vida.
Pero hay algo que duele todavía más. Y es el enorme silencio que nos rodea. ¿Dónde está la dirigencia política?
¿Dónde están quienes dicen representar al pueblo? ¿Dónde están muchos dirigentes gremiales y sindicales que durante años hablaron de defender los derechos de los trabajadores? ¿Dónde está gran parte de la sociedad? ¿Dónde están aquellos que miran para otro lado creyendo que este problema nunca les va a tocar?
Y también debemos hacernos una pregunta dolorosa. ¿Dónde están, muchas veces, nuestras propias familias?
Porque el abandono no siempre proviene solamente de una institución. A veces también nace de la indiferencia.
Y la indiferencia puede ser tan cruel como cualquier injusticia.
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Varias prestadoras de servicios han denunciado con anterioridad deudas acumuladas por el organismo que, en algunos casos, alcanzan a los seis meses.
No puede ser que millones de jubilados tengan que gritar para que alguien los escuche. No puede ser que reclamar por atención médica sea visto como un favor. No puede ser que pedir un medicamento parezca un acto de mendicidad.
No puede ser que quienes sostienen con sus aportes el funcionamiento del Instituto tengan que implorar por aquello que les corresponde.
Los jubilados tienen derecho a preguntar. Tienen derecho a conocer cómo se administran los recursos. Tienen derecho a exigir transparencia. Tienen derecho a saber si el dinero alcanza, cómo se distribuye y cuáles son las prioridades.
Porque preguntar no es atacar. Preguntar es ejercer un derecho. Controlar es cuidar.
La transparencia fortalece a las instituciones. El silencio las debilita.
Y por eso hoy levanto la voz. No desde el odio. No desde el rencor.
Sino desde el profundo dolor de ver a tantos hombres y mujeres que entregaron su vida al trabajo terminar sintiéndose olvidados.
Se están cometiendo demasiadas injusticias. Demasiados atropellos. Demasiado abandono.
Y ningún país puede llamarse verdaderamente justo mientras quienes construyeron su historia deban luchar solos por el derecho más básico: el derecho a vivir con dignidad.
Hoy les hablo también a quienes todavía están trabajando. A quienes creen que este problema pertenece solamente a los jubilados.
No se equivoquen. Cada descuento que hoy figura en su recibo de sueldo es una inversión en el futuro que ustedes esperan tener. Cada aporte que realizan es la esperanza de ser protegidos cuando llegue el momento de necesitar atención.
Por eso esta lucha también les pertenece. Porque algún día ustedes también ocuparán nuestro lugar.
Y entonces comprenderán que la vejez no se improvisa. Se construye.
Y la dignidad con la que se vive esa etapa depende, en gran parte, de las decisiones que tomemos como sociedad.
Por eso termino con una reflexión que no busca enfrentar a nadie, sino despertar conciencias.
Cuando un jubilado tiene que organizar una rifa para comprar un medicamento, algo muy profundo se ha roto.
No solamente en un sistema de salud. Se ha roto el contrato moral entre una sociedad y quienes dedicaron toda una vida a construirla. Ojalá todavía estemos a tiempo de repararlo.
Porque hay una verdad que nadie podrá cambiar. Todos, absolutamente todos, si la vida nos da ese privilegio, algún día vamos a ser jubilados. Y ese día, cada uno tendrá que responder una pregunta muy simple: ¿Qué hicimos cuando los jubilados de nuestro tiempo pedían ayuda? ¿Los escuchamos... o también elegimos mirar hacia otro lado?
JORGE DIMURO
"LA VOZ DEL JUBILADO"
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